EL PESEBRE DEL NIÑO EN NUESTRO CORAZÓN
Las
casas se adornan con nacimientos, belenes, luces y espumillón estos días de
Navidad. También en las iglesias se ponen pequeños pesebres con el Niño-Dios,
que al final de las misas se da a adorar a los fieles. Es bueno que durante
estas fiestas miremos el pesebre más cercano. Esta escena, tan simple
representa el corazón mismo del Evangelio. Nos habla de un Dios que, en lugar
de imponerse con fuerza, elige el camino de la humildad y la cercanía, un Dios
que se abaja hasta la condición de los más pequeños, de los excluidos, de
aquellos que la sociedad deja de lado.
1.- Hacerse pequeño como el Niño
En el pesebre del Belén, vemos no sólo a un Niño-Dios indefenso, sino a todos los excluidos, a los marginados, a los que viven en la pobreza y el abandono. En Jesús, recién nacido y colocado en un humilde pesebre, Dios se solidariza con todos los que sufren, con los que no tienen un lugar en la sociedad, con los que son rechazados y olvidados.
La misión cristiana, desde la perspectiva del pesebre, no es un acto de imposición, sino de empatía y compasión. El misionero es alguien que se deja asombrar, que se abaja y se acerca a los que más necesitan. Porque el verdadero misionero es el que ha descubierto que, en los pobres, en los enfermos, en los marginados, está el rostro de Jesús. El Evangelio de Jesús es universal precisamente porque se dirige a todos, pero especialmente a los más vulnerables, a los que viven en la oscuridad y la desesperanza. Y esa mirada al pesebre nos recuerda que la misión no se mide en grandes logros o en éxitos visibles, sino en la capacidad de vivir el amor de Dios en lo cotidiano, en los pequeños gestos de ternura y de solidaridad.
2.- La verdadera grandeza está en
el servicio
La universalidad del Evangelio, simbolizada en la humildad del pesebre, es una llamada a la fraternidad y a la justicia. Nos invita a ver a cada persona como un hermano, a reconocer la dignidad de cada Ser Humano, especialmente de aquellos que el mundo desprecia. En el siglo XXI, donde las divisiones y las desigualdades parecen crecer cada día, el pesebre de Belén es una respuesta y un desafío. Nos recuerda que la verdadera grandeza no está en el poder, sino en el servicio; que el verdadero camino no se encuentra en los lugares de prestigio, sino en los espacios de pobreza y de dolor.
La mirada al pesebre nos abre a una mirada que no es sólo personal, sino profundamente social y comunitaria. Nos invita a comprometernos con los más desfavorecidos, a luchar por la justicia y por la dignidad de cada persona. Esta es la esencia de la misión cristiana: un amor que no se queda en palabras, sino que se hace acción, que se compromete con la realidad de los que más sufren. El pesebre nos muestra que el amor de Dios no es selectivo ni exclusivo, sino que abarca a todos, especialmente a los que son rechazados y excluidos.
3.- la espiritualidad del pesebre
La espiritualidad del pesebre es un encuentro y acogida. Es una espiritualidad misionera que nos llama a salir de nosotros mismos y a ir al encuentro de los que están en las periferias, de aquellos a quienes el mundo considera insignificantes; que trasciende fronteras, que no se limita aun grupo o a una cultura, sino que es universal.
La mirada al Niño en el pesebre es una mirada de esperanza, una mirada que nos invita a creer que, a pesar de todas las dificultades y de todas las injusticias, el amor de Dios sigue presente en el mundo y sigue transformando corazones. Y esta misión no se realiza en grandes discursos o en proyectos grandiosos, sino en el gesto humilde de quienes saben ver a Dios en lo pequeño, en lo frágil, en lo sencillo.
La misión cristiana, desde la óptica del pesebre, es una misión de ternura y de compasión. Es una misión que nos lleva a abrazar a los que sufren y a caminar junto a los que están solos. Porque en el rostro de cada persona necesitada, de cada Ser Humano que sufre, está el rostro de Jesús. Esta es la universalidad del Evangelio: un amor que se entrega sin reservas, un amor que se abaja para encontrarse con el otro, un amor que transforma porque se hace cercano y tangible.
4.- La misericordia del pesebre
El pesebre del Belén es un símbolo de esperanza para toda la humanidad. Es una invitación a mirar el mundo con ojos de misericordia, a ver en cada Ser Humano la dignidad y el valor que Dios le ha dado. En un tiempo marcado por la indiferencia y la exclusión, el pesebre nos llama a construir un mundo más justo y más humano, a vivir una espiritualdiad que se tradcuce en amor y en servciio, que no se queda en palabras, sino que se hace vida.
Así,
la mirada al Niño del pesebre se convierte en un símbolo de los que estamos
llamados a Ser: personas capaces de asombrarse, de abajarse, de ver a Dios en
lo pequeño y en lo frágil, de vivir una misión que no busca la grandeza, sino
la cercanía. Que esta mirada nos inspire a vivir el Evangelio en su esencia, a
comprometernos con los más vulnerables, a construir un mundo en el que todos
puedan encontrar un lugar en el “pesebre” de la humanidad. Porque en cada acto
de amor y de servicio, en cada gesto de humildad y de solidaridad, estamos
haciendo presente el misterio de Belén, el misterio de un Dios que se hizo Niño
para que todos nosotros pudeéramos encontrarnos en Él.
Comentarios
Publicar un comentario