DANIEL EN EL FOSO DE LOS LEONES

 Por: Álvaro López Asensio

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1.- DANIEL Y SU APOCALÍPTICA

El libro de Daniel es de autor desconocido y fue compuesto entre el 167 y el 163 a.C.  En él se relata la vida y visiones de un cierto Daniel que, el año 605 a.C., fue hecho prisionero por Nabucodonosor (rey de Babilonia) y llevado al exilio a tierras del Tigris y Éufrates (587-536 a.C.) con el resto del Pueblo de Israel. Junto con otros jóvenes, fue destinado al servicio de la corte real. Gracias a su rectitud y sabiduría logró alcanzar una posición influyente entre varios reyes babilonios y persas, incluido el mismo Ciro.

La primera parte del libro (Dn 1-6) contiene narraciones sobre este Daniel, que deben ser considerados, desde una perspectiva histórico-formal, como leyendas y, en razón de su origen, como narraciones palaciegas. Participa del misterio de las visiones y persigue la intención de poner de manifiesto la grandeza de Dios que, en la mayoría de los casos, es reconocida por los mismos reyes paganos de Babilonia.

La segunda parte del libro (Dn 7-14) contiene visiones que el mismo Daniel describe en primera persona. Ofrece, con imágenes misteriosas, una grandiosa perspectiva de la historia universal que acontecerá en el reino de Dios de los tiempos finales. Esta segunda parte constituye el auténtico apocalipsis de Daniel.

En efecto, el género literario bíblico de la apocalíptica estricta comienza con Daniel. Su teología trata de enfrentar dos mundos: el mundo de Dios y el mundo que pretendía divinizarse contra el verdadero Dios y suprimirlo. La oposición es irreducible, así como inevitable el combate que preludia la victoria de Dios, de la que saldrán salvadas las personas piadosas y este triunfo.

La apocalíptica también intenta contemplar y penetrar en el curso de la historia del mundo y calcular su fin. En impaciente espera promete a los fieles el pronto cambio escatológico (que consistirá en un juicio universal, pleno de salvación para ellos), la resurrección de los muertos y la participación en el reino de Dios[1], entendido como parte de la vida cotidiana de las personas, no como parte integrante del cielo.

A este libro se han añadido algunas oraciones (Dn 3, 24-90) y tres midrashim o enseñanzas judías (Susana, Bel y el Dragón en Dan 13-14) para demostrar que la enseñanza de la Ley salva siempre finalmente a los justos, para ruina y vergüenza de los pecadores y enemigos.

Jamás en las Sagradas Escrituras se había tratado la teología del juicio final, del reinado mesiánico y la reflexión sobre el más allá, temas recurrentes en esta literatura apocalíptica. Las apocalipsis son visiones que, para acreditarlas, se las presenta no como procedentes del conocimiento humano, sino como reveladas por Dios, sea directamente o por mediación de ángeles. Por esta misma razón, la comunicación será atribuida a personajes ilustres, patriarcas o profetas, como Daniel.


2.- LOS TEXTOS BÍBLICOS DE DANIEL

Los dos últimos capítulos del profeta Daniel en el foso de los leones (capítulos 13 y 14) están escritos en griego. En el capítulo 14 se relata el cautiverio de Daniel en el foso de los leones (Dn 14, 31-39), siendo fuente de inspiración para el maestro de Jaca. Veamos el texto:

 

Ellos (los Babilonios) le echaron en el foso de los leones, donde estuvo seis días. Había en el foso siete leones a los que se les daban diariamente dos cadáveres y dos carneros; entonces no se les dio nada, para que devoraran a Daniel. Estaba a la sazón en Judea el profeta Habacuc: acababa de preparar un cocido y de desmenuzar pan en un plato, y se dirigía al campo a llevárselo a los segadores. El ángel del Señor dijo a Habacuc: Lleva esa comida que tienes a Babilonia a Daniel que está en el foso de los leones. Entonces el ángel del Señor le agarró por la cabeza y, llevándole por los cabellos, le puso en Babilonia, encima del foso, con la rapidez de su soplo. Habacuc gritó: Daniel, Daniel, toma la comida que el Señor te ha enviado. Y dijo Daniel: Te has acordado de mí, Dios mío, y no has abandonado a los que te aman. Y Daniel se levantó y se puso a comer, mientras el ángel de Dios volvía a llevar al instante a Habacuc a su lugar” (Dn 14, 31-39).

Estos últimos capítulos 13 y 14 son poco conocidos en los textos sagrados de judíos y reformistas-protestantes, que no los incluyen en sus cánones bíblicos. Por consiguiente, un creyente protestante o judío no reconocerían este capitel porque su relato no está en sus Biblias. Sin embargo, sí que reconocerían el otro texto de Daniel en el foso de los leones que se encuentra en el capítulo 6 de dicho libro profético:


Entonces el rey (Darío el persa) dio orden de traer a Daniel y de arrojarle al foso de los leones. El rey dijo a Daniel: Tu dios, a quien sirves con perseverancia, te librará. Se trajo una piedra que fue colocada a la entrada del foso, y el rey la selló con su anillo y con el anillo de sus dignatarios, para que no se pudiese cambiar la suerte de Daniel. Después el rey volvió a su palacio y pasó la noche en ayuno; no dejó que le trajeran concubinas y el sueño huyó de él. Al amanecer, al rayar el alba, el rey se levantó y se dirigió a toda prisa al foso de los Leones. Acercándose al foso, gritó a Daniel con voz angustiada: Daniel servidor del Dios vivo, tu Dios, a quien sirves con perseverancia, ¿ha podido librarte de los leones? Entonces Daniel habló con el rey: ¡Viva el rey eternamente¡ Mi Dios ha enviado a su ángel, que ha cerrado la boca de los leones y no me han hecho ningún mal, porque he sido hallado inocente ante él. Y tampoco ante ti, oh rey, he cometido falta alguna. El rey entonces se alegró mucho y mandó sacar a Daniel del foso. Sacaron a Daniel del foso y no se le encontró herida alguna, porque había confiado en su Dios” (Dn 6, 17-25).

 

El relator del libro de Daniel bien pudo inspirarse en el profeta Ezequiel para contar la intervención de Habacuc “llevado por los cabellos” por el ángel de Dios: “Miré (Ezequiel): había allí una forma con aspecto de hombre. Desde lo que parecían ser sus caderas para abajo era de fuego, y desde sus caderas para arriba era algo como un resplandor, como el fulgor del electro. Alargó una especie de mano y me agarró por un mechón de mi cabeza; el espíritu me elevó entre el cielo y la tierra y me llevó a Jerusalén, en visiones divinas, a la entrada del pórtico interior que mira al Norte…” (Ez 8, 2-3).

 

3.- EL RELATO BÍBLICO DE DANIEL

Aunque los persas habían conquistado Babilonia, nada había cambiado para Daniel. Una vez más, su sabiduría y unción lo habían distinguido de entre los demás. El emperador persa Darío, rey de Babilonia, decidió poner al hebreo Daniel a cargo de todo el país. Pero como era hombre temeroso de Dios y seguía sus mandamientos, esto no gustaba a los miembros de su Corte. Estos idearon una estratagema para que lo cesaran: aprobar una ley contra el Dios de Israel con el propósito de que desobedezca al rey.

Los compañeros de Daniel dijeron a Darío que nadie debía orar a otro Dios que no fuese a él mismo, porque era el único rey. Le plantearon que, en treinta días, todos le debían rendir culto. Darío promulgó una ley que si alguien adoraba a otros dioses, sería arrojado al foso de los leones hambrientos.

Cuando Daniel se enteró de la nueva ley, se propuso seguir orando al Dios de Israel. Se dirigió a su habitación, abrió las ventanas y rezó tres veces al día. Sus compañeros de corte lo denunciaron. Cuando el rey escuchó esta acusación, intentó cambiar la ley para que no fuera arrojado al foso, pero los enemigos de Daniel insistieron en cumplir la Ley y lo bajaron al hoyo.

Pero allí se produjo el milagro. Habacuc estaba cocinando en Judea para unos segadores cuando el ángel de Dios, cumpliendo sus órdenes, lo agarra de los pelos y lo lleva milagrosamente a Babilonia para llevarle comida. Llama la atención la sencillez de la comida que preparó Habacuc: un guiso (el término griego épsema designa toda comida cocida) y pan.

Finalmente interviene el Señor a través de su ángel. La formulación constituye un acontecimiento frecuentemente empleado en la Biblia: el ángel del Señor designa al Señor mismo. De Judea a Babilonia hay un buen trecho, y trasladar una comida hasta Babilonia realmente es, cuando menos, imposible. Pero para Dios nada hay imposible. La respuesta de Habacuc es afirmativa y prepara el terreno para la intervención milagrosa. El traslado milagroso por el aire es un tópico empleado reiteradas veces en la Biblia: (2 Reyes 2,11; Ezequiel 8,3; Mateo 4,5.8; Hechos 8,39-40).

Habacuc indica a Daniel el destinatario, el objeto y el remitente de su misión salvífica. Esto le da un vuelco especial al evento, pues Daniel no solo se salva de la voracidad de los hambrientos leones, que son totalmente pasivos frente a él, sino de la muerte por falta de alimento. La respuesta inmediata de Daniel es una confesión de fe y un reconocimiento de la acción protectora de Dios: “Te has acordado de mí, Dios mío, y no has abandonado a los que te aman”.

Su contenido contrasta visiblemente con la creencia en los dioses babilonios (Bel y el Dragón de los dos relatos anteriores del capítulo 14) que devoran alimentos caros (incluyendo condenados o cadáveres). Aquí Dios alimenta a su siervo con comida sencilla.

La narración cuenta una confesión singular reconociendo el carácter absoluto y único del Dios de Daniel. Ahora bien, el relator no comenta la confesión del rey, y ello puede ser indicio de que el texto no se dirige a público gentil, sino a israelitas/judíos que necesitaban un “refuerzo” de seguridad de su fe monoteísta en el Dios de Israel, el único Señor de cielo y tierra; y no a gentiles que necesitaban una catequesis para comprender los misterios de Dios.

 

4.- LA ENSEÑANZA DE DANIEL: LA CONFIANZA EN DIOS

Daniel en el foso de los leones enseña que todo no está perdido en la vida, si permanecemos fieles a Dios. En el relato vemos cómo Daniel permanece en obediencia y cómo Dios usó a Daniel para salvar a una nación.

Dios también utilizó a los leones para simbolizar la salvación del alma. El románico empleó la iconografía de los leones de Daniel, para simbolizar la divinidad, el bien y el amor que representa.

Nuestra sociedad es muy parecida a la del románico y la antigua Babilonia. La increencia y el laicismo no hacen sino rechazar a Dios para que cada uno construya su propia religión idolátrica. La razón ampara los nuevos conceptos religiosos de las personas, pero una razón sin fe se convierte en ciega, egoísta y con prejuicios; actitudes que potencian los defectos propios de la condición humana contrarios al amor, contrarios a Dios que es amor.

Hoy en día se nos invita a creer en la diosa razón, como si ella fuera la auténtica solución a nuestros problemas. Pero las personas tendemos a razonar mal, muchas veces llevados por nuestros intereses personales y nuestras emociones cargadas de odios, rencores y venganzas. Solo la fe en Dios nos ayuda a razonar bien, a mirar las cosas como las ve Dios, a pensar cómo piensa Dios, a escuchar como escucha Dios. Si vemos nuestro mundo y realidad desde nuestra perspectiva, seguiremos caminando en la oscuridad que lleva a creernos los mejores, infalibles, perfectos y, por consiguiente, a creernos dioses cerrados al amor. El gran pecado es creernos que esa conducta es la correcta, la justificamos y la creemos razonable.

El relato de Daniel nos anima a confiar en Dios, ponernos en sus manos y dejar que actúe en nuestro corazón para que se produzca el milagro de librarnos también del foso de los leones. Dios no abandonó a Daniel, tampoco nos abandona a nosotros.



[1] DINGERMANN F.; “La apocalíptica del Antiguo Testamento”, Barcelona, 1972, p. 447.

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