LA
MUJER EN LA BIBLIA
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1.- LA MUJER EN NIETZSCHE
La condición que tiene de la mujer Friedrich Nietzsche, el filósofo del Super Hombre, es degradante. Aunque es el filósofo del Super hombre y el de la moral de los fuertes, sin embargo, la visión que tiene de la mujer se encuadra en la moral de los débiles cuando afirma: “Todo en la mujer es un enigma, y todo tiene una misma solución: preñez”. “El hombre, en el fondo del alma, es solamente malo, pero la mujer allí es ruin” ¿No habla todo el cinismo del superhombre cuando pone en boca de la viejecita, como acción de gracias a Zaratustra, esta “pequeña verdad: ¿Te vas entre mujeres ¿No olvides el látigo[1]”.
El nihilismo de Nietzsche, es decir, una negación de Dios, hace que se tenga esta visión negativa de la mujer y de la moral de los débiles. Tiene que negar a Dios necesariamente para creer en la moral de los fuertes, porque si fuera cristiano y creyente en Dios, tendría que haber tratado a todos, inclusive a la mujer, con fraternidad, como hermanos, con el respeto que merece la condición humana en igualdad, incluso al diferente. Una moral y visión cristiana nunca haría diferencias entre los fuertes y débiles, por eso Nietzsche tuvo que negar a Dios en su filosofía.
2.- LA MUJER EN SCHOPENHAUER
La filosofía de Arthur Schopenhauer no se entiende sin la religión su diálogo con la razón y la ciencia. A pesar de ello, su dimensión espiritual es poco profunda, pues su concepción de la mujer también lo es. A sus ojos, las mujeres son “pueriles, frusleras y miopes; en una palabra, son unas grandes niñas en toda su vida: una especie de grado medio entre el niño y el hombre que es hombre propiamente dicho[2]”.
No concede a la mujer más que “una inteligencia asaz limitada”. La injusticia es la falta fundamental del carácter femenino: el fingimiento es rasgo propio de su naturaleza; otras propiedades suyas son “falsedad, infidelidad, traición, ingratitud, etc. Las mujeres incurren con mucha más frecuencia en el perjurio judicial de los hombres. Hasta es dudoso que se les pueda permitir hacer juramento[3]”.
Schopenhauer hasta llega a desear que vuelva el desprecio de la mujer, tal como ocurría entre los pueblos antiguos y orientales, que “tenían un sentido mucho más exacto de la posición que les toca (a las mujeres), que nosotros, con nuestra galantería francesa y vuestra veneración de mal gusto para con la mujer. Veneración que es flor culminante de la necedad cristiano-gemana, que sólo ha servido para hacerlas tan arrogantes y frescas, que a ratos pensamos en los monos santos de Benarés, que, conscientes de su santidad e inmunidad, se creen que les está permitido todo… La mujer no se presta de ninguna manera para ser objeto de nuestro respeto y veneración, para poder erguir la cabeza más que el hombre y tener los mismos derechos que él. Las consecuencias de esta falsa posición las hemos podido ver bastante. Por tanto, sería de desear que también en Europa se señalase a este número dos del linaje humano su posición conforme a la naturaleza, y se pusiera fin a la monstruosidad de damas, de la cual no solamente hace befa Asia entera, sino que se habrán mofado de ella también Grecia y Roma. Sus consecuencias en las relaciones sociales, cívicas y políticas serían incalculablemente beneficiosas”.
Partiendo de tales principios, Schopenhauer, lógicamente, juzga el matrimonio monogámico como una injusticia comedida contra el hombre. La mujer no tiene el mismo rango y valor que él. Por tal motivo, se tendría que abrogar la “monogamia antinatural” y reglamentar legalmente la poligamia en consonancia con la naturaleza. Según Schopenhauer, todos los hombres viven de hecho en poligamia, “por lo menos durante cierto tiempo, y en la mayoría de los casos, siempre. Puesto que cada hombre necesita muchas mujeres, nada más justo que se le permita, y hasta se le obligue, a sostener muchas. De esta manera, también a la mujer se le devuelve su posición verdadera y natural de ser subordinado, y la dama, ese monstruo de la civilización europea y de la necedad cristiano-germana, con sus exigencias ridículas de respeto y veneración, queda suprimida de este mundo, y sólo hay mujeres, pero no mujeres desdichadas, que tanto abundan ahora en Europa[4]”.
3.- LA MUJER EN LA BIBLIA
3.1.- Primer relato de la creación de la mujer
Frente a estas concepciones filosóficas denigrantes hacia la mujer, que hunden sus raíces en el pensamiento antiguo, encontramos, una visión completamente distinta en la Biblia, en los relatos teológicos de la creación de la mujer.
En el primer relato de la creación del Génesis se describe la acción creadora de Dios de todo lo visible. El verbo hebreo bará (crear, hacer) no tiene un significado de “creación ex nihilo” (creación de la nada), como por arte de magia, sino un sentido teológico muy profundo ya que el principio creador, iniciado por él, se sigue perfeccionando y recreando con la colaboración del ser humano: “Y dijo Dios: Hagamos al hombre á nuestra imagen, conforme á nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra. Y crió Dios al hombre á su imagen, á imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió. Y los bendijo Dios; y díjoles Dios: Fructificad y multiplicad, y henchid la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Gn 1, 26-28). La creación será expresión de su Ser, en perfecto diálogo y comunión con el hombre y la mujer.
Este texto habla de complementariedad, término que indica diversidad correlativa entre dos personas integradas en una unidad: Dios. El objetivo de la humanidad -compuesta por la integración masculina y femenina- es someter todo lo creado: 1) noche y día; 2) cielo y mar; 3) tierra y vegetación; 4) estrellas, sol y luna; 5) el mar con peces y las aves; 6) animales y la humanidad.
3.2.- Segundo relato de la creación de la mujer
En el segundo relato de la creación del hombre se describe también la formación de la mujer: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda adecuada… De la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la trajo al hombre” (Gn 2, 18-24).
La gran obra de la creación del hombre no quedaba completada y acabada si Dios no le daba un ser de igual naturaleza, de la misma nobleza y dignidad, de la misma proximidad, es decir, “cual imagen y semejanza suya” (Gn 1, 26-18). En ese relato, Dios reconoce a la mujer como “carne de su carne y hueso de sus huesos” del varón.
Algunos rabinos enseñan que Dios extrajo a la mujer, no de la cabeza del hombre para que no le gobierne; ni de sus pies para que no sea su esclava; sino del costado para que esté cerca de su corazón. La costilla extraída del hombre con la que Dios creó a la mujer es un modo simbólico de hablar. Expresa la idea de que ambos pertenecen al mismo tejido físico y cualitativo, a la misma esencia y existencia. En la antiquísima lengua sumeria la palabra “ti” indicaba (al mismo tiempo) costilla, vida y divinidad femenina, idéntico significado que en la tradición hebrea.
Pero a pesar de este aparente plano de igualdad, ese texto bíblico ya reconoce que la mujer estaba hecha para él, para dar satisfacción a una necesidad de su ser y, por consiguiente, a cierta subordinación al hombre.
En el libro del Éxodo la mujer viene catalogada junto a los esclavos, animales y otras cosas que no deben ser objeto de deseos desmedidos del hombre: “no desearás la casa de tu prójimo, ni la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su buey, ni su asno, ni nada de cuanto le pertenece” (Ex 20, 17).
3.3.- Hombre y mujer como imagen de Dios
A pesar de la visión negativa de la mujer en estos relatos creacionistas (cap. 1 y 2 del Gn), de ellos se deduce tres grandes ideas bíblico-teológicas[5] que resumen la primera catequesis positiva e igualitaria con la que estos textos fueron redactados y que luego se malinterpretó:
A.- Primer relato de la creación
1.- El ser humano es creado al
sexto día, al final de todo el proceso, considerándose la culminación de la
creación. Esto le hace crecer en perfección, incluso por encima de los dos
órdenes de seres que tiene que dominar: los animales y vegetales.
2.- Por tres veces se dice que el ser humano (hombre y mujer) es “imagen de Dios” (säläm alohím) porque “preside” el mundo. Esta soberanía se ejerce en la medida en que “domina” al resto de la creación[6], reflejando sobre el mundo su colaboración en la creación y la inteligencia gobernadora de Dios. La única imagen de Dios en el universo es el ser humano, que representa toda la creación de Dios.
Si en el antiguo oriente la erección de una estatua del rey significaba la proclamación de su señorío en el ámbito en que se erigía, así también el ser humano es puesto en la creación como estatua o imagen de Dios, con el único objetivo de proclamar su señorío y continuar su creación de amor en la historia de la humanidad; por eso es una historia de salvación.
B.- Segundo relato de la creación
El segundo relato de la creación sustituye la palabra “imagen” por “varón y mujer” (“a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó”). El ser humano cumplirá su tarea en la creación como “imagen de Dios”, únicamente ayudándose y complementándose como hombre y mujer.
Del análisis de este texto (Gn 1, 26-28) podemos deducir lo siguiente[7]:
1.- La designación “hombre” es un genérico para “seres humanos”, que incluye tanto al
hombre como a la mujer. Esto se ve todavía más claro en: “varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el
día en que fueron creados”
(Génesis 5, 2).
2.- A los dos se les asigna la
tarea de señoriar la tierra. Es por eso que el verbo en hebreo está en plural:
“tengan potestad”. Ambos son
igualmente autorizados por Dios para actuar como sus regentes en esa tarea de
señorear la tierra.
3.- Tanto el hombre como la mujer son portadores de la imagen de Dios, por lo que lo femenino refleja la imagen de Dios tanto como lo masculino.
También en la descendencia y el amor mutuo, el ser humano (hombre y mujer) puede transmitir la imagen de Dios. Sólo el amor y la descendencia representan al varón y a la mujer en la totalidad completa de su ser.
C.- Síntesis teológica: la relación de Dios y el ser humano
La expresión “imagen de Dios” manifiesta también cuatro cualidades de la condición humana:
1.- La dignidad humana como tal[8]. Esta dignidad
refleja la gloria de Dios y está por encima del resto de seres vivos creados.
Su vida es sagrada e inviolable, perteneciéndole sólo a Dios.
2.- La relación del ser humano con Dios.
Sean las que sean las situaciones en que el ser humano vive, vive como criatura
de Dios[9].
Vemos al varón y a la mujer que están en una proximidad inmediata con el animal
pero que, al mismo tiempo, es distinto de él gracias a la especial relación de
Dios con el ser humano.
3.-
La capacidad de sentir y amar como Dios. El ser humano
se parece a Dios porque puede transmitir su amor a la humanidad. Cuando ama
como Dios se hace semejante a él, participa de su condición divina, se hace uno
con Dios.
4.- La capacidad de hablar como expresión de
comunicación con Dios. El ser humano es “imagen de Dios” porque dialoga con él y como él. A través del
lenguaje, hombre y mujer expresan el universo simbólico y todo el interior de
sí mismos, igual que Dios hace a través del universo y de ellos. Dios y el ser
humano están condenados a hablarse y escucharse el uno al otro.
[1]
Nietzsche, “Así habló Zaratustra”, p.
1.
[2]
Schopenhauer “Parerga und Paralipomena”,
II, p. 377.
[3]
Schopenhauer “Parerga und Paralipomena”,
II, p. 379; VI, 652ss.
[4]
Schopenhauer “Parerga und Paralipomena”,
II, pp. 380-383.
[5] LORDA, J.L.; “Antropología
bíblica”, p. 37.
[6] GELIN, A.; «L’homme selon la Bible», p. 27-44.
[7] MUÑIZ, M.; “La interpretación bíblica y el papel de la mujer”, en Biblioteca católica digital (19/02/2008),
p. 2.
[8] LORDA, J.L.; Op. Cit. “Antropología
bíblica”, p.41.
[9] WALTER WOLF, H.; Op. Cit. “Antropología
del Antiguo Testamento”, p. 132.

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