LA FORMACIÓN DE LA TORÁ HEBREA

Por: Álvaro López Asensio

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1.- LA TORÁ Y SU SIGNIFICADO

La palabra Torá procede del verbo "yarah", que en hebreo significa: “arrojar, lanzar, instruir” (Ex 15,4; Nm 21, 30; 1 Sm 20, 36; Sal 11, 2; 64, 5). También se utiliza para decir, mostrar con la mano, designar con el dedo (Gen 46, 28; Ex 15, 25; Prov 6, 13), es decir, indicar una dirección.

La Torá indica, por tanto, el sentido direccional que debemos tomar, como es la enseñanza y la  instrucción (Is 1, 10;30, 9; 42, 4, 21; Mi 4, 2; Mal 2, 6; Prov 28, 9; Job 22, 22; Sal 94, 12). Por tanto, la Torá es una enseñanza que utiliza como método dos direcciones:

- Los preceptos y mandatos (secciones legislativas) de obligado cumplimiento para todos y cada uno de los miembros del pueblo.

- Los relatos en los que sale a relucir un principio iluminador, una lección, el carácter ejemplar de un hecho o hito histórico-humano. Así por ejemplo, los episodios de la vida de los Patriarcas, los relatos de la salida de Egipto y de las peregrinaciones por el desierto (en los libros del Génesis, Éxodo y Números) son enseñanzas y prescripciones, lo mismo que lo son las numerosas “leyes” o legislaciones de los libros del Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

Estos dos principios vertebradores se complementan de tal forma, que las historias se convierten en leyes o "toroht" (plural de Torá) porque revelan cómo debe vivir el Pueblo de Yahvé. Son historias que para el pueblo se hacen normativas, es decir, se convierten en norma de conducta[1]. A pesar de que el fondo de estos relatos es histórico, sin embargo no debemos leerlos como si fueran páginas de historia, sino como prescripciones que inspiran las estructuras religiosas y sociales del pueblo y, por consiguiente,  parte de su  historia.

Las “Leyes” bíblicas marcan una orientación, son como una “luz” (Prov 6, 23). La “ley” puede estar escrita tanto en un libro (Ex 24, 2-4; Dt 17, 18) como en el corazón del hombre (Jer 31, 33; Is 51, 7; Sal 37, 31; 40, 9). En muchas ocasiones, la palabra “Ley” equivale simplemente a “Palabra de Dios” (Is 1, 10; Sal 19 y 119), aunque también puede ser sinónima del concepto “Alianza” (Sal 105, 10).


2.- LA RECOPILACIÓN DE LOS LIBROS DE LA TORÁ

Según la tradición judía, la Torá (entendida como instrucción) es la enseñanza que Yahvé dio al pueblo a través de Moisés, los sacerdotes y algunos profetas. El término Torá se usa en la literatura judía para designar, no sólo al Pentateuco (cinco libros), sino incluso a toda la revelación escrita (Toráh se bi Ketab) y oral (Toráh se be ‘al peh). El Pentateuco forma una unidad histórica y literaria junto al libro de Josué, de ahí que algún autor prefiera hablar de Hexateuco o seis libros.

El tema central del Hexateuco puede resumirse en el siguiente esquema básico: “Dios, creador del universo, ha escogido a los padres y les ha prometido la tierra de Canaán. Cuando Israel se multiplicó en gran número de Egipto, Dios, en medio de prodigios y señales extraordinarias, condujo al pueblo a través del desierto y, tras una larga peregrinación, le hizo entrega de la tierra prometida bajo Josué”.

La Torá está compuesta por cuatro fuentes fundamentales: el Yahvista (redactado sobre el 950 a.C.); el Eloísta (un siglo más tarde); El Deutoronomista (en el siglo VII a.C.); y el Código Sacerdotal (en época del post-exilio: 538-450 a.C.).

- A partir del siglo X a.C., el pueblo de Israel siente la necesidad de poner por escrito su historia, la historia del Pueblo de  Dios. Esta primera historia de Salvación la redacta la escuela llamada Yahvísta en tres de los cinco libros de la Torá: Génesis, Éxodo y Números.

- En el siglo IX otro redactor, el Eloísta, añade nuevas y antiguas tradiciones que completaran el texto sagrado de la Torá.

- Ambos hagiógrafos o redactores recopilaron durante más de cinco siglos antiguas tradiciones orales y escritas del pueblo de Israel, las mismas que habían servido durante generaciones para transmitir –a través de sus catequesis y enseñanzas orales- la relación y los acontecimientos salvíficos que Yahvé había obrado en medio de su pueblo, y que Israel nunca olvidó. Esta experiencia salvífica supuso para la identidad del pueblo más seguridad en su fe, su religión, su Ley y su comportamiento: una experiencia que consideran excepcional.

- La tradición hebrea dice que en tiempos del rey Josías (640-609 a.C.) se llevó a cabo una importante reforma religiosa, motivada por el hallazgo del “libro de la Torá” (llamado también  “libro de la Alianza”) en un lugar secreto del Templo de Jerusalén (622 a.C.). Gracias a este hallazgo, el rey, los sacerdotes y los propios profetas pudieron impulsar dicha reforma.

El rollo encontrado es el “protodeuteronomio”, una obra que se caracteriza por la reafirmación de la soberanía absoluta de Yahvé y la centralización del culto en el Templo de Jerusalén. Josías lo elaboró y reformó desde un punto de vista histórico y teológico, haciendo de este nuevo Código una Ley de Estado. Esta centralización religiosa motivó que los Santuarios locales  (sinagogas) no volvieran a tener la misma importancia que antes de la Reforma. El “protodeuteronomio” encontrado se incluyó en la Torá.

- Tras la conquista de Jerusalén por Nabucodonosor, rey de Babilonia (año 587 a.C), comienza un período de casi cuarenta años de destierro para la mayor parte del pueblo de Israel[2]. El profeta Ezequiel se convierte en el referente espiritual del pueblo exiliado, creando a su alrededor una escuela y literatura que se llamará Sacerdotal, en recuerdo a este sacerdote-profeta.

El redactor Sacerdotal añade a la Torá las nuevas tradiciones y experiencias que el pueblo vive en Babilonia, recopilación que se irá configurando durante todo el siglo V, fecha a partir de la cual quedó definitivamente redactado el libro del Levítico. Este es el último libro que se incorpora a la Torá.


3.- LOS REDACTORES O HAGIÓGRAFOS DE LA TORÁ  

3.1.- La obra del redactor “Yahvista 

Los exegetas bíblicos han adoptado la costumbre de identificar al primero de estos hagiógrafos con el nombre de Yahvista, un redactor relacionado con una escuela literaria de algún círculo religioso y erudito que utiliza el sustantivo Yahvé para denominar a Dios. Parece haber sido redactado en la región de Judea, quizás en Jerusalén.

El Yahvista es un narrador popular, sencillo, directo, intuitivo y práctico. Es el más psicólogo de todos los redactores. Para fortalecer la fe en Yahvé, utiliza tradiciones semitas de lejana procedencia, mitos babilónicos[3] y un folklore semita antiguo; siempre desde la óptica de las enseñanzas de Moisés y de sus exigencias.

El Yahvista también tiene en cuenta la situación religiosa del ambiente en que vive: tentaciones de un baalismo cananeo corrupto que pone en peligro la pureza del yahvismo. La religión de los baales inicia al pueblo de Israel en prácticas de prostitución sacral y otros cultos de fecundidad[4], ritos que invitan a la idolatría y ponen en peligro la relación del hombre con Yahvé. En este contexto, el Yahvista denuncia las infidelidades del pueblo hacia Yahvé (transgreden el Pacto de la Alianza sinaítico) y señala cuáles son las verdaderas relaciones que Yahvé quiere tener con los hombres, siempre desde la óptica de la esperanza y promesa de “salvación”.

- El Yahvista se expresa en un lenguaje muy humano, imaginativo, con abundancia de antropomorfismos que expresan profunda espiritualidad: Yahvé crea al hombre de una figura de barro, sopla en las narices, pasea por el jardín al caer la tarde, cierra la puerta del arca, se asoma a ver la torre de Babel, etc.

- Entre las constantes teológicas destacan: un optimismo religioso y una profunda visión del pecado y de la maldad del hombre. Pero por encima de esto, Yahvé da siempre una oportunidad y una confianza en la naturaleza y sus leyes, sobre todo después del diluvio (Yahvé está siempre presente y aparece como un amigo).

- Otra característica es su nacionalismo y mesianismo. Yahvé es presentado como el Dios del pueblo que interviene en toda su historia, convirtiéndose en el único Dios. La elección de Yahvé es la que va determinando la historia de salvación del pueblo.

Al Yahvista le corresponde, entre otros textos: el relato del paraíso terrenal, el diluvio, la torre de Babel y la mayor parte de las tradiciones sobre Abraham, Isaac y Jacob; un buen número de pasajes de la primera mitad del libro del Éxodo y una docena de capítulos del libro de los Números(67). Son del redactor yahvista los siguientes Capítulos completos del libro de los Números: del capítulo 1 al  9; 11, 12 y 15; 22, 23 y 24.


3.2.- La obra del redactor “Eloísta

El redactor Eloísta vivió y escribió en el reino de Samaría, probablemente en la esfera religiosa de algún santuario como el de Bethel. Algunos se han preguntado si el punto de partida de las tradiciones eloístas se iniciaron en el antiguo santuario de Silo, sobre todo, cuando fue desposeído de la custodia del Arca de la Alianza para trasladar al Templo de Jerusalén en el monte Sión (2 Sam 6). Los sacerdotes del santuario de Silo fueron destituidos por Salomón (1 Sam 2, 27-36; 3, 11-14; 1 Reg 2, 27), reagrupándose en las regiones del Norte (Galilea) y en Samaría.

Es contemporáneo a los acontecimientos históricos que protagonizaron la división de Israel, es decir, la separación de las regiones del Norte (Samaría-Galilea) y del Sur (Judá) en reinos independientes (año 933 a.C.). Esta división hizo que el Yahvista (del reino de Judá) y el Eloísta (del reino de Samaría-Galilea) se separan también en corrientes literarias diferentes.

El aspecto más singular de la tradición Eloísta es la denominación de Dios como Elohim, precisamente para diferenciarse del reino de Judá y, según se cree, porque el Eloísta ha querido dar una versión más universalista de Yahvé (1 Reg 18, 39).

El cronograma de la tradición Eloísta no se remonta tan atrás en el tiempo como la Yahvista. Aunque no posee nada sobre los orígenes de la creación y del hombre, sus relatos históricos conducen hasta la víspera de la entrada del pueblo a Canaán (la tierra prometida). También acude con frecuencia a las mismas fuentes ancestrales semitas que utiliza el Yahvista, pero se diferencia de él en que utiliza documentación propia, especialmente en lo que se refiere a la estancia del pueblo en Egipto y a su posterior peregrinación por el desierto del Sinaí.

El Eloísta escribe de manera menos personal y viva que el Yahvista, siendo también menos dramático (aparecen pocos diálogos) y poco nacionalismo-mesiánico. Su obra es más erudita, imaginativa y popular, ya que investiga datos precios acerca de los nombres, las fechas y el detalle de las leyes. Además hay que destacar las siguientes líneas teológicas:

- Tiene una gran profundidad moral, de tal manera que la revelación y la Ley es más ética que cultual. Lo fundamental para él es la Ley, en la que hay deberes para con Dios y con los demás. Muy importante es el Código de la Alianza (Ex 21, 22), unas normas de comportamiento para el hombre.

- Las relaciones del hombre con Dios no se expresan en términos de paternidad, sino como una unidad de voluntades que encuentran su forma en una Alianza que, ambas partes, deben guardar y cumplir.

- Hay una insistencia en recalcar la espiritualidad de Dios. El verdadero Dios es el de la conciencia y de los mandamientos. Es un Dios interior, de ahí su insistencia en no hacer estatuas y representaciones idolátricas de Dios (Ex 33, 19).

- Desaparecen todos los antropomorfismos de Dios, al que se representa menos humanizado y más misterioso. Abundan también los sueños como forma de expresión y comunicación con Yahvé, haciendo hincapié en la idea del “temor de Dios”.

El Eloísta es un narrador de calidad. A él debemos la redacción de tres pasajes importantes acerca de la historia de Abraham; gran parte de la historia de José y otras muchas narraciones como la salida de Egipto, los acontecimientos del Sinaí con el Decálogo (Gn 15; 22; Ex 3; 19; 24), el Código de la Alianza (Ex 20, 23), el relato del Becerro de Oro (Ex 32), el motín de María y Aarón en el libro de los Números, así como buena parte de la historia de Balaam.


3.3.- La obra del redactor “Deutoronomista

El “protodeuteronomio” o Código de Leyes encontrado en el Templo de Jerusalén comprende los capítulos 12-26 del libro del Deuteronomio que, junto con otros elementos y tradiciones que fueron recopilados en diversos ejemplares fusionados con posterioridad[5], constituyeron definitivamente el texto deuteronómico que actualmente conocemos.

En este sentido, el Deuteronomio recoge no sólo leyes nuevas que los otros libros de la Torá no recogen[6], sino incluso prescripciones antiguas refundidas que recibieron una nueva formulación. El redactor Deuteronomista sitúa su escenario literario en los discursos que dirige Moisés al pueblo en el Sinaí. También tiene la convicción de permanecer en el espíritu de Moisés, de recoger tradiciones que se remontan a él con el objetivo de perpetuar su obra.

Esta plasma perfectamente la analogía que existe entre el Israel del desierto tras la salida de Egipto y el Israel del reino de Judá del siglo VII. El mensaje es muy claro: a pesar de que está siendo tentado sin cesar y es gravemente infiel, a pesar de que es pecador y rebelde (de ahí que sea castigado y sometido a duras pruebas), Dios le sigue prometiendo su perdón y cuyo completo aniquilamiento no consentirá jamás (Dt 6, 10-15; 8 2-20; 9, 3-7; 13, 4; 28, 9-10).

También da mucha importancia a los sufrimientos y a los fracasos, a las humillaciones y a los peligros que padece por entonces el pequeño reino de Judá. En este contexto el Deuteronomista invita al pueblo a abandonar los ídolos, a cambiar de “camino” y a “circuncidar el corazón” (Dt 10, 12-22; 30, 2-10). Yahvé quiere el Corazón de carne y no de piedra de su pueblo porque lo ama.

Los escritores deuteronomistas hablan del amor de Dios hacia su pueblo, como nadie hasta entonces lo había hecho: amor particular y benévolo; amor que se anticipa y es gratuito; amor paciente y misericordioso, irrevocablemente fiel (Dt 7, 6-13). Ante esta generosidad, Dios también es “celoso” y exigente: Israel debía entregarse a este Dios que lo ama. Esta entrega requiere fe, esperanza y obediencia a los mandamientos: obediencia, como prueba de amor verdadero que es sabiduría y vida (Dt 6, 4-9, 24-25; 7, 12-13; 11, 13-25; 12, 28; 13, 5; 30, 15-20).

Aunque parece que el Deuteronomio continua la obra teológica del Eloísta, lo cierto es que tanto en la forma con en el fondo, es muy diferente. Su doctrina se puede resumir en los siguientes apartados:

- En el Deuteronomio encontramos una especie de Teodicea. El hombre depende de un Ser superior que determina los acontecimientos y la naturaleza. Todo depende de Dios, que incluso dispone de las naciones y los pueblos. A pesar de su Señorío y cercanía, de Dios sólo se puede hablar mediante metáforas. El Dios del Deuteronomio no quiere ser representado con imágenes, sino en la Ley y en los prodigios que realiza a favor de su pueblo.

- Desarrolla una verdadera teología del “pueblo de Dios” y habla constantemente de “Yahvé, vuestro Dios”. Siempre utiliza un estilo directo para que llegue al fondo del corazón. El pueblo ha sido elegido en un acto libre y gratuito (Dt 4, 18-20).

- Recalca mucho la idea de que el pueblo forma una asamblea o "qahal" y todos los israelitas son hermanos (Dt 9, 5). Todo se explica y tiene sentido por el amor de Dios a su pueblo. Dios es presentado como un Dios celoso y apasionado (Dt 6, 13), motivo por el que no deben contraer pactos y alianzas con ningún otro pueblo; ni siquiera casarse con los cananeos, sino destruir todos sus lugares de culto para evitar la idolatría y dar sólo culto a Yahvé en el lugar escogido por él: el Templo de Jerusalén.

- El pueblo de Israel no tendrá la Tierra Prometida si no es fiel a Dios y cumple sus mandamientos. Si es infiel caerá sobre él las maldiciones y los castigos. Para evitar esta infidelidad, Yahvé ofrece al pueblo dos caminos: uno negativo (la legislación que les marca el camino) y otro positivo (Yahvé fortalecerá la conciencia religiosa de Israel). El legislador se dirige al corazón del israelita para hacerle ver y cumplir los preceptos y mandatos de Dios. La Ley no es sólo un imperativo, tiene que salir del corazón. Esa Ley no es imposible, sino cercana (Dt 30, 11-14). La Ley se identifica con la palabra de Dios (es el camino de vida y felicidad, siendo fácil de cumplir).


3.4.- La obra del redactor del “Código Sacerdotal

El redactor de la tradición Sacerdotal, más conocida como Código Sacerdotal, dio sus primeros pasos cuando el pueblo estaba exiliado en Babilonia (587-558 a.C.). Sin estructura política y sin patria, los judíos se dieron cuenta de que había que subsistir. La fuerza y garantía para seguir adelante era su Ley: la Torá.  Su enseñanza y difusión desempeñará un papel de protección y vínculo de unión entre todos los miembros de la comunidad.

Los Sacerdotes han sido, desde siempre, los hombres que garantizan las tradiciones y los especialistas de la Torá. En el destierro también cumplieron un papel trascendental, ya que fueron los consejeros, los maestros, los pensadores y los escritores del Pueblo. El clero hebreo clase sacerdotal, a diferencia de los profetas, es siempre más o menos anónimo: actúa no tanto por medio del shock producido por una pujante personalidad o en virtud del impulso de un inspirado, sino gracias al largo y paciente esfuerzo de un grupo.

En este ambiente culto y religioso se redactó la obra monumental del “Código Sacerdotal” o “libro de los sacerdotes”, que comprende todo el Levítico[7](75), dos terceras partes de los Números y aproximadamente una quinta parte del Génesis. El Levítico trata de unir distintas narraciones de acuerdo a un tema unitario:

- La llamada “Torá de Santidad” es la colección de textos más antigua (Lev 17, 26). El mensaje es claro: Yahvé es “Santo” y “Santo” es su Pueblo. La santidad debe penetrar la vida del israelita. La comunidad de Israel es, ante todo, una comunidad litúrgica; su teología está enfocada al culto.

- La llamada “Torá de los sacrificios” (Lev 1, 8) prioriza más el ofrecimiento de holocaustos que los sacrificios de comunión, que pasan a un segundo plano. El sacrificio será esencialmente una teología del pecado, cuya expiación se convertirá en el eje central para obtener el pendón y la comunión con Dios.

- La llamada “Torá de la pureza Legal” (Lev 11, 15; Lev 16) trata de poner las normas o condiciones necesarias para que el hombre pueda entrar en contacto con dios sin impurezas. De ahí nace la fiesta de la expiación o Yom Kipur de la que nos habla (Dt 16).



[1] Los preceptos “legislativos” no deberían considerarse independientemente de la historia de la que proceden, de la historia de la que dependen y de la historia que crean. Proceden de dicha historia porque originalmente son disposiciones adoptadas en casos que había que resolver (Nm 9, 6-14; 15, 32-36; 27, 1-11; Lev 24, 10-23). Y luego se vio que eran disposiciones válidas y normativas para todos los demás casos semejantes.

[2] El destierro terminó con la Conquista de Jerusalén por Ciro, rey de Persia, en el año 538 a.C.   (Esd 6, 3-5).  Ciro encargó a Sesbazar la reconstrucción del Templo jerosolimitano, quedando sus cimientos interrumpidos enseguida. Sólo tras la muerte del Gobernador de Judea, Cambises (522 a.C.) -siendo comisario oficial del reino de Judá, Zorobabel, y con el retorno de los judíos deportados en Babilonia- se continuaron los trabajos. En el año 515 a.C., el Templo fue consagrado gracias a los esfuerzos de Zorobabel y de los profetas Ageo y Zacarías.  Sobre el período inmediato siguiente a la reconstrucción del Templo tenemos las noticias y escritos de los profetas Esdras y Nehemías.

[3] Indicaciones geográficas, temas míticos e incluso préstamos literarios, como el poema de Gilgamesh para los relatos de la creación y Diluvio.

[4] Un ejemplo de estos cultos de fecundidad es el relato del paraíso y el símbolo de la Serpiente (representación antigua de la fecundidad). Este relato catequizará al pueblo de Israel sobre el peligro de la prostitución sagrada cananea y la conveniencia de no contaminarse para seguir siendo fieles a Yahvé.

[5] Se compuso un primer prefacio –capítulo. 5-11- y una conclusión –capítulo. 27-28- excepto el 18, 47-68 que es del exilio.

[6] Dt 12, 1-27; 15, 2-11; 17, 8-20; 20; 21; 22, 5-8, 13-21; 24, 1-5, 16; 25, 1-12, 17-19. Algunas de estas leyes, a pesar de no estar recogidas en otros códigos, son antiquísimas.

[7] El Levítico no brilla por sus bellezas literarias. Su estilo es generalmente pobre y monótono. Fue muy trabajado, pero no por grandes artistas literarios. Entre las características del Levítico podemos contar su empeño por indicar los detalles técnicos y por hacer presentaciones esquematizadas. También hay una acumulación de nombres propios con sus respectivas genealogías, numerosas indicaciones topográficas y cronológicas, gran cantidad de cifras (edades, duraciones, fechas, dimensiones). El lenguaje levítico es difuso, monótono, repetitivo. El vigor y la profundidad teológica del Levítico son absolutamente notables; y el pensamiento religioso posee una gran solidez, guiada siempre por la intensa noción de la santidad divina. La obra del “Código Sacerdotal” pondrá bajo el nombre de Moisés, o mejor dicho, como palabras de Yahvé dirigidas a Moisés, los relatos situados en la época del Sinaí.

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