NAVIDAD: DIOS SE HACE HUMANO
1.- Dios se hace persona humana
Desde la fe dejamos de mirar hacia atrás y hacia abajo y nos ponemos a mirar hacia adelante y hacia arriba, para abrirnos a los sentimientos más hondos, sentimientos de alegría: Dios se hace vecino; de confianza: Dios cree en las personas; de Generosidad: nos acordamos de los que sufren, están en el paro o padecen las consecuencias de todo tipo de guerras.
Desde la fe queremos descubrir ese niño que todos llevamos dentro, todos nos hacemos un poco más pequeños. Estos días de Navidad tenemos que despertar en nosotros sentimientos ocultos de cariño y ternura, sin olvidar el deseo de renacer también en nuestro corazón.
“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Este es el misterio grande: Dios se hace debilidad de las personas. Dios se deja tocar en la carne de Jesús, amigo, compañero, hermano. Y nosotros compartimos su vida de Dios. Adoremos en Jesús la bondad y el amor de Dios, la luz que ilumina las tinieblas, la gracia de Dios que desciende a la tierra, la Palabra definitiva del Padre.
2.- Jesús, el rosto humano de Dios
La Navidad nos lanza a poner pies a la utopía, a abrir los ojos para ver el dolor del mundo y las necesidades de los demás. Sería una invitación a extender solidariamente nuestras manos a los pobres, a los ancianos, a los enfermos, a los que sufren. La iniciativa de Jesús de venir a nosotros será el nacimiento de Dios en cada corazón. Navidad será celebrar al “Dios-con-nosotros”.
Dios no está lejos, ajeno a nuestras ocupaciones, preocupaciones y desocupaciones. Dios se abaja en Navidad, se embarra, se empapa, se embebe y se encarna. Dios se hace persona en Jesús, Jesús el rostro humano de Dios. Jesús es Dios con nosotros. Un Dios en la debilidad y ternura de un niño que se hace cuna. Así nos supera, porque nunca lo hubiéramos imaginado.
Un Dios pobre y débil, porque si hay una sola persona que no pueda acercarse al pesebre de Belén, ya no es posible la encarnación. Nada de lo humano lo es ajeno, es un “Dios con nosotros”. Uno de los aspectos del misterio de la Navidad es la presencia de Dios en la historia humana. Dios no salva desde lejos sino que se hace nuestro compañero de camino. También pretende, cuando nos ofrece la salvación, sacarnos de nuestro propio ambiente vital; nos salva en este mundo y en esta historia. Así es como nuestra historia se convierte en una historia santa, o de la salvación. Nuestro Dios es el Jesús de Nazareth, el de la historia; no un Dios fuera del mundo, sino del mundo.
En esta Navidad somos bendecidos con un don, el don por excelencia que brota del amor del Padre por la humanidad. Esta es la Buena Noticia que como don hemos recibido y de la que no somos propietarios y, por tanto, que estamos obligados a restituir.
El Niño Dios nos dice: Levantaos, poneos en camino. Son unos buenos días para sanar las heridas de vuestro mundo, acompañando en los lugares de fractura a nuestros hermanos y hermanas en un proyecto común de paz y de justicia, radicado en el Evangelio y, a ejemplo de Jesús, asumir la condición de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y, como el Apóstol Pablo, hacernos todo para todos, hacer todo por el Evangelio (1Cor 9, 22-23).
Sería bueno que el cristiano se nutra del Evangelio, para que la vida se transforme en mensaje que anuncie a todos que Jesús, evangelio del Padre a la humanidad, manifestación del Dios amor, es nuestro hermano, el dador de vida.
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