LA
ORACIÓN DE JESÚS EN EL HUERTO
“Cuando
llegaron a un lugar llamado Getsemaní dijo a sus discípulos: sentaos aquí,
mientras yo voy a orar. Tomó consigo a Pedro a Santigado y a Juan. Comenzó a
sentir pavor y angustia, y les dijo: siento tristeza de muerte. Quedaos aquí y
velad” (Mc 14, 32-34)
La iniciativa parte de Jesús, no de sus
discípulos, como en la última cena. Jesús deja a un lado al resto de sus
discípulos, diciéndoles: “sentaos aquí
mientras yo voy a orar” (Mc 14, 32). Busca intimidad, no puede estar con
todos. No quiere que su petición se diluya en el grupo. Por eso pide a a los
otros que se sienten a un lado, que duerman, mientras él ora acompañado por
tres.
A continuación, “se alejó de nuevo y oró repitiendo lo mismo. Regrsó y volvió a
encontrarlos dormidos (Pedro, Santigado y Juan), pues sus ojos estaban
cargados. Ellos no sabían qué responderle. Volvió por tercera vez y les dijo:
¿Todavía estáis durmiendo y descansando? ¡Basta ya¡ Ha llegado la hora. Mirad,
el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos¡,
¡Vamos¡ Ya está aquí el que me va a entregar” (Mc 14, 39-42).
Todo el camino y estrategia de los Doce
desemboca así en fracaso, como irán mostrando las escenas que siguen. Es el
fracaso de estos tres elegidos y de los que sequedaron por mandato de Jesús,
que representan el mesianismo Israelita, vinculado al triunfo del Mesías. En
ete contexto, Jesús debe aceptar el fracaso de de sus seguidores, como maestro
que ama y ayuda a sus discípulos, aunque le traicionen. Marcos irá mostrando
desde aquí que Jesús ha sido capaz de aceptar en oración el hundimiento de sus
discípulos: ha sembrado en ellos un camino de esperanza, y les ha dicho que les
espera de nuevo en Galilea (Mc 14, 28).
Esta esperanza le mantiene en la gran
prueba. Jesús necesitaba su ayuda (en Getsemaní, ante la cruz), pero ellos han
sido incapaces de ayudarle. No pueden velar ante el msiterio de Dios y ante la
inquietud del mundo. La tarea mesiánica exige una vigilancia, una atención y
plegaria que desbordan las posiblidades normales de la vida. Por eso, los
discípulos, llegada la hora de velar atentos, se han dejado vencer por el
sueño. Sólo la voz de la Pascua de resurrección de Jesúspodrá despertarles más
tarde, a través de unas mujeres (Mc 16, 1-8), para retomar el camino del Reino,
por la resurrección, más allá de la muerte.
Pero centrémonos en el momento de la
oración de Jesús en el Huerto. Durante ese largo período en soledad, conviene
destacar tres elementos:
1.-
Jesús sufre: “Triste está mi alma hasta la muerte” (Mc 14, 34).
Lo ha dado ya todo, ha dicho el sí de su entrega final en el gesto de la cena
(Mc 14, 22-26). Pero ahora, en la soledad de la noche, siente miedo, se
entristece y llora. Este descubirmiento de la humanidad sufriente de Jesús, la
experiencia de su propio “límite” es parte integral del Evangelio. Un Jesús sin
sufrimiento, sin angustia ante la muerte, no sería humano, no habría compartido
la vida con nosotros, n opodría ser comienzo de un camino salvador abierto a
todos los humanos.
Como el primero en reconcoer el larto
túnel de la entrega, Jesús ha sentido en su carne la amargura del cáliz, la
dureza de la hora. Ha invitado a los suyos a entregar la vida con él, les ha
ofrecido su cálzia como condición de seguimiento. Ahora que ha llegado el
momento, le cuesta y pide a su Padre que “aparte este cáliz”, que “pase esta
hora”. Es hermoso que haya sido así. Sólo sintiendo en carne propia la angustia
puede comprender la incertidumbre y miedo de los que le dejan y reniegan.
2.-
Jesús convisa el poder de Dios: ¡Abba,
Padre, todo lo puedes” (Mc 14, 36). Esta confesión
de la omnipotencia de Dios se pone aquí al servicio de la propia debildiad de
Jesús: quiere que Dios venga a ayudarle, que le libre de esta hora. En otros
dos pasajes, en parte paralelos (Mc 1, 9-11 y Mc 9, 2-8), era el mismo Dios
Padre quien hablaba, confortando a Jesús o revelando su misterio a los
discípulos. Ahora estamos ante una transfiguración invertida; Jesús no aparece
en la gloria celeste, sino en la miseria y el pleno abandono de su humanidad
sufriente.
Este es el bautismo verdadero es la
inmersión plena de Jesús en el dolor de nutra historia. Desde el mismo fondo de
ese dolor y de ese miedo, invoca como Hijo, diciendo: “¡Abba, Padre¡” para
sentirlo cercano y complaciente apartándole del suplicio que va a vivir. Pero
aquí se le ha mostrado como indiferente callado, muy lejano. Pues bien, así
debe aceptarle-amarle, asumiendo su silencio en medio de esta hora.
3.- Jesús pide compañía a sus
discípulos: “permanece aquí y orad” (Mc 14, 344). Busca a los tres que le han
seguido en otras ocasiones, especialmente en la transfiguración (Mc 9, 2-8),
pero ya no le acompañan, no quieren enfrentarse con su “hora”. Les vence el
sueño físico, pero de manera todavía mucho más profunda el sueño de la falta de
solidaridad con este Cristo, no quieren penetrar en el misterio de su entrega.
Le dejan solo en el camino de la muerte.
Por trers veces les busca Jesús, queriendo apoyarse de un modo especial en la
piedra de Pedro pero esa piedra duerme, no puede sostenerle ni tampoco
acompañarle en el abismo de su entrega (Mc 14, 37). Necesita Jesús la
referencia (apoyo, compañía) de sus seguidores, pero ellos no saben que decir,
no entienden nada (Mc 14, 40), repitiendo de esa forma el gesto de la
transfiguración.
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