LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO
1.- La resurrección en el nuevo testamento
El Nuevo Testamento utiliza la expresión griega: “Christós aneste” (Cristo se ha levantado) para definir la resurrección de Jesús. También aparece en muchos pasajes, pues vemos al Señor curando a los enfermos que se encuentran postrados haciendo que se levanten: en el evangelio de san Marcos (Mc 5, 42) la hija de Jairo se levanta porque Jesús la toma de la mano y la cura. También en san Marcos (Mc 9, 27) el contacto de Jesús hace que el endemoniado o epiléptico se ponga en pie, liberado de su mal. En san Juan (Jn 11, 31) su amiga María de Betania se levanta deprisa cuando le dicen que Jesús ha llegado a su casa.
Será en las cartas de san Pablo donde encontremos el verbo aneste (levantarse) para hablar de la resurrección de Jesús. En el libro más antiguo del Nuevo Testamento –la primera carta a los Tesalonicenses- el apóstol afirma “Jesús murió y resucitó” (1 Tes 4, 14). Seguro que a los que habéis estado en Tierra Santa (Israel) os suena este verbo porque en la rotonda central del Santo Sepulcro, la que alberga la tumba vacía del Señor, se le llama precisamente: Anástasis (levantamiento).
2.- Significado de la resurrección
“Christós aneste” (Cristo levantado, Cristo ha resucitado). Este levantarse podemos hacerlo nosotros cuando entramos en contacto con Jesús. Es una actitud que podemos y debemos practicar.
San Pablo exalta el “levantamiento de Jesús” en el siguiente himno cristológico: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo (sheol), y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 6-11).
Por eso “Dios lo exaltó”, otra manera de decir que el Padre “levantó a Jesús” como proclaman los discípulos y san Pablo anunciando su resurrección (Hch 2, 24.32; 13,34). En otros muchos textos vemos que Cristo no se levanta de la tumba por sí solo, es Dios Padre el que lo levanta. No resucita por sí mismo, lo resucita el Padre. Esa es nuestra creencia en la resurrección: somos una unidad antropológica, somos cuerpo, alma, espíritu. Somos una unidad, una sola cosa. Y creemos que, como el Padre levantó, resucitó a Jesús, igual hará con nosotros. Primero levantará a Cristo, que es la cabeza, y Jesús tirará de nosotros, que somos su cuerpo, como decía san Pablo (1 Cor 12).
Mientras llegue ese momento de la resurrección, del “levantamiento”, por parte del Padre, podemos practicar el verbo anistemi, levantarse, siendo nosotros el sujeto; podemos levantarnos después de cada caída, de cada error, de cada pecado, para ponernos una y otra vez en pie, así iremos practicando el levantamiento, la resurrección, que es el núcleo de la fe de los cristianos. Y dejamos en manos de Dios, en su poder, que Él levante y resucite a nuestros seres queridos, y finalmente a nosotros mismos.
3.- La resurrección: una regeneración interior
El libro veterotestamentario de la Sabiduría, compuesto en griego por un judío helenista hacia el año 50 a. C., reemplaza la noción hebrea de nefes (alma) por la noción griega fixé. Esta transposición modifica la perspectiva: el autor de la Sabiduría, sin excluir la resurrección, insiste sobre la incorruptibilidad (Sab 6, 18) y la inmortalidad (Sab 3, 4; 8, 17). La literatura apocalíptica de los dos últimos siglos antes de Jesucristo revela cierta esperanza en una vida eterna y bienaventurada para los justos.
Para el apóstol san Pablo, la resurrección, sobre todo la de Cristo, implica una irrupción del espíritu de Dios en el mundo y una transformación en las personas: “Y si el espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida vuestros cuerpos mortales, por virtud de su espíritu, que habita en vosotros” (Rom 8, 11).
San Pablo insistirá: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe; aún estáis en vuestros pecados” (1 Cor 15, 17) “Fue entregado por nuestro pecados y resucitó para nuestra justificación” (Rom 4, 25). En estas citas se pone de manifiesto que Jesús murió y resucitó por nuestros pecados y nuestra salvación, es decir, nuestra felicidad vital.
En un mismo movimiento hay destrucción del pecado por la muerte interior y de conciencia, y renacimiento a una nueva vida de amor por la resurrección. Una interpretación sacrificial que la redención asegura su pleno valor al aspecto salvífico de la resurrección.
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