7.3.- SIN “RECONCILIACIÓN” NO HAY “INTELIGENCIA ESPIRITUAL”
7.3.1.-
EL PERDÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
La
Biblia da mucha importancia a la hermandad como signo identificativo de la
condición humana. Muchos de sus textos enseñan que el principal mandato que
Dios es el que se recoge en el decálogo de los Diez Mandamientos de la Ley de
Moisés: “No te vengarán, ni guardarás
rencor a los hijos de tu pueblo; más amarás a tu prójimo como a ti mismo”
(Lev 19, 17 ss.), incluso al extranjero (Lev 19, 34), al enemigo (Ex 23, 4ss.;
Prov 25, 21ss.).
Los
rabinos han sacado de esta Ley bíblica numerosas reglas de conducta. La más
importante es que el pecado no es perdonado por Dios, si la
persona primero no ha pedido perdón a quien ha ofendido en una desavenencia o
pleito. El Talmud exige que se llamen testigos y que se intente la
conciliación. Si el agraviado murió antes de que se le pidiese perdón, es
preciso ir a la tumba del difunto y pedirle disculpas allí mismo (Yoma 45c).
Otro
pasaje del Talmud dice: “si uno ha sospechado
injustamente de otro, debe conciliarlo; más; debe bendecirlo” (Ver 31b). El
agraviado está moralmente obligado a perdonar a una persona arrepentida de su
acto. Sin embargo, no es necesario intentar la conciliación más de tres veces.
En
el Antiguo Testamento, el “amor” se
proyecta hacia el otro hasta llegar a una solidaridad completa (Dt 15, 12-18;
23, 16ss.). La Biblia nos invita, en todo momento, a superar nuestro orgullo y
egoísmo como tentación peligrosa de infidelidad al “amor” que Dios nos tiene.
7.3.2.-
EL PERDÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO
El
Nuevo Testamento sigue la misma línea teológica y argumental que el Antiguo. Jesús de Nazareth dice a sus discípulos: “por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu
hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda,
reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”
(Mt 5, 23-24). Esta enseñanza indica que es fundamental resolver los
desacuerdos y conflictos con el prójimo, antes de buscar el perdón y la
comunión con Dios.
Este pasaje evangélico nos da la clave del
perdón: Jesús enseña que la reconciliación con el hermano es un requisito para
la correcta relación con Dios, requisito indispensable para vivir la “inteligencia espiritual” tanto del que
ofende, como del ofendido. El perdón interior o la confesión ante un sacerdote
no se logra si la persona no pide perdón a la agraviada (antes o después del
arrepentimiento), así como un abandono total de malas acciones e intenciones
que den por resultado un cambio integral y radical de la mentalidad y del modo
de vivir.
No basta con lamentar el acto pecaminoso y
desistir de él, sino que es preciso resolver firmemente no volver a cometerlo.
La intención no es sólo pedir perdón, sino reconciliarse, lo que implica una
restauración de la relación con nosotros mismos, con la persona ofendida y con
Dios.
7.3.3.-
LA “RECONCILIACIÓN” Y EL “PERDÓN” COMO VALOR BÍBLICO
Además
del mandato singular del “amor” al
prójimo, en la Ley de “Santidad bíblica”
(recogida en la literatura sapiencial), Dios rechaza “sembrar discordia entre hermanos” (Prov 6, 19), ya que las personas
tienen que vivir reconciliadas si quieren obtener la bendición de Dios (Sal
133). Las personas se destruyen si no superan el odio y la venganza.
Cuando
guardamos rencor a alguien o tenemos un resentimiento hacia otra persona, somos
nosotros los únicos perjudicados, los únicos lastimados que nos causamos daño.
La falta de perdón es capaz de enfermarnos, envenenarnos, hacernos sufrir y
volvernos hacia la maldad. Cuando uno odia a su enemigo, pasa a depender de él.
Aunque no quiera, se ata a él, queda sujeto a la tortura de su recuerdo y al
suplicio de su presencia. Toda persona se equivoca si no progresa en la
superación del odio y la venganza.
Las
personas que se desprecian a sí mismas, se dejan caer, se envilecen y juzgan su
vida sin sentido, huyen de sí mismas. La estimación exagerada y el desprecio a
uno mismo andan a menudo juntos. Ambos son fruto de la soledad de las gentes
autónomas, abandonadas a sí mismas. Ellas ignoran que son amadas, que son
útiles y responsables. Falta diálogo con la Palabra de Dios y con los demás,
nuestro prójimo. Solamente el que sabe que es tomado en serio, es capaz de
aceptarse a sí mismo seriamente.
Quien sigue por este camino se perderá en el
laberinto de sus afectos y relaciones interpersonales negativas. Las personas
estamos llamadas a la hermandad, no sólo con nuestros semejantes, sino con toda
la humanidad y todos los pueblos de la tierra. Dios deja muy claro cuál debe
ser la dirección de las personas con nuestros semejantes: el “amor” y el perdón es el objetivo.
Como
personas amadas y aceptadas por Dios, somos llamados a dar una respuesta y a “Ser” responsables. El “amor” al prójimo y al enemigo es nuestra
razón de “Ser”, el verdadero sentido
de la “espiritualidad” humana. Sólo
así podrá ser una realidad el “reino de
amor” que tanto anuncia Jesús de Nazareth. Ese reino es una sociedad más
justa, solidaria, humana y amable. Sólo el “amor”
y no la autosuficiencia puede hacerlo. Dios tiende la mano para alcanzar juntos
en este objetivo.
7.3.4.- SIN “PERDÓN”
NO HAY “INTELIGENCIA ESPIRITUAL”
Sin perdón no hay “espiritualidad”.
Los “no creyentes” tienen como
objetivo último perdonar dentro de su humanismo. Pero ésta orientación les resulta
difícil de conseguir si no hay previamente una transformación interior que
descubra la reconciliación como valor supremo y nuclear de sus vidas.
Sólo el “amor” suscita
deseos renovados de reconciliarse consigo mismo, con los demás y con Dios, requisitos
indispensables para ser perdonados por Dios. Él no perdona si previamente no
hay arrepentimiento personal y se pide perdón a la persona ofendida. El
creyente asimila y reconoce tres verdades fundamentales: el “amor” a Dios, el “amor” al prójimo como a uno mismo, y el perdón en todas sus formas
y circunstancias.
Pero ¿para qué perdonar? Jesús de Nazareth enseñó a sus discípulos
que debían perdonar. Para que no olvidaran esta obligación, les dejó
inmortalizado en el Padrenuestro: “Perdónanos
nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”
(Lc 11, 4). También en la siguiente recomendación: “Porque si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará
también a vosotros vuestros Padre celestial: pero si no perdonáis a los
hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6, 14-15).
A pesar del énfasis que puso Jesús en su cumplimiento, perdonar es
lo que más cuesta a las personas, tal vez porque tenemos una idea equivocada
sobre el perdón.
Uno de los mayores errores consiste en creer que cuando uno
perdona le hace un favor a su enemigo. En realidad cuando uno perdona se hace
un favor a sí mismo. La misma experiencia nos enseña que cuando guardamos rencor
a alguien, o tenemos un resentimiento hacia otra persona, somos nosotros los
únicos que nos perjudicamos, sufrimos y causamos daños. Es indudable que
nuestro enemigo estaría feliz si se enterara del daño que su recuerdo provoca
en nosotros.
¿Cuántas veces hemos pensado que el que perdona pierde? En
realidad el que perdona gana, porque perdonar es quitarse uno mismo una espina
dolorosa capaz de herir toda una vida. El odio causa mayor daño a quien lo
tiene que a quien lo recibe. Y el que se niega a perdonar sufre mucho más que
aquel a quien se le niega el perdón. Cuando uno odia a su enemigo, pasa a
depender de él. Aunque no quiera, se ata a él. Queda sujeto a la tortura de su
recuerdo y al suplicio de su presencia. En cambio, cuando logra perdonar, rompe
los lazos que lo atan, liberándose y dejando de padecer.
Por eso, cuando Jesús pidió que se perdone a los demás, no lo dijo
pensando en ellos, sino en uno mismo. Porque dentro del proyecto de Jesús está
que sus seguidores sean gente sana, y que puedan vivir la vida en plenitud. Él
mismo lo dijo: “Yo, he venido para que
tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).
¿Perdonar es justificar? Cuando uno perdona reconoce que el otro
ha obrado mal, que ha cometido un hecho más o menos grave pero aun así, y a
pesar de todo, decide perdonarlo para preservar su propia salud y su bienestar
interior. Por consiguiente, personar no es disculpar, es perdonar para asumir
una higiénica actitud de vida que produce, a la larga, efectos benéficos y
saludables para nuestra salud mental, personal y emocional.
¿Perdonar implica perdonar? Muchas veces tenemos la errónea idea
de que perdonar implica olvidar. No es así. Jesús nunca pidió a nadie que
olvidara las ofensas recibidas. Sería ciertamente mucho más fácil perdonar si
hubiera olvido (como sería mucho más fácil la bondad humana si no hubiera
tentaciones). Pero el hecho de que uno no olvide, no significa que no perdone.
Porque uno puede recordar espontáneamente los recuerdos más dolorosos y
dañinos, y no por eso sufrir el desgaste interior propio de quien guarda un
doloroso rencor. A veces conviene no olvidar, para evitar volver a ser herido.
Porque quien perdona y olvida, olvida lo que perdona.
¿Perdonar es restaurar? También creemos que perdonar significa
volver forzosamente la cosas a como estaban antes del enojo. Que si uno perdonó
a un amigo, debe devolverle la amistad, que si uno perdonó a alguien con quien
convivía, debe aceptarlo nuevamente con él; que si uno perdonó a un ser
querido, debe volver a sentir cariño por él. Pero eso no es necesariamente así.
No siempre se puede devolver toda la confianza a quien nos defraudó, aun cuando
se le perdone. No siempre se puede volver a sentir aprecio o estima por quien
nos ha ofendido, ni reanudar la amistad con quien nos ha agraviado. A veces
resulta una imprudencia restituir la confianza a quien nos ha engañado un vez,
aunque le haya perdonado. El perdón no implica reponer sentimientos ni afectos;
eso nunca lo sugirió Jesucristo. Tampoco el perdón me impide que yo reclame la
restitución de los derechos violados por el ofensor, o la reparación de la
injusticia que él cometió, o el digno castigo que él se merece, siempre que yo
no busque en ello la venganza personal, sino la justicia.
¿Perdonar es aceptar disculpas? Sería falso creer que, para
perdonar a alguien, tengo que esperar a que él se arrepienta y me pida perdón.
Cuando Dios perdona, no lo hace para sanarse Él, sino para sanarnos a nosotros
del pecado y devolvernos su amistad; por eso hace falta que estemos
arrepentidos y pidamos disculpas. Pero cuando perdonamos lo hacemos para
librarnos de las secuelas que le dejó la violencia o el desprecio vivido. Y
para eso no hace falta que el otro se arrepienta. Basta con que uno quiera
perdonar.
Entonces, si perdonar no es favorecer al enemigo, ni justificar su
conducta, ni olvidar su agravio, ni restaurar su amistad, ni esperar sus
disculpas, ¿qué es el perdón? El perdón es ante todo una decisión. No está
subordinado a nada, ni depende de que el otro cumpla ciertos requisitos. Uno
perdona simplemente porque quiere hacerlo o por convicciones religiosas.
El evangelio de Marcos cuenta que Jesús, hablando un día de la
oración, dijo: “cuando se pongan de pie
para rezar, perdonen si tienen algo contra alguien” (Mc 11, 12). No nos
hemos cansado de decir en este ensayo que Dios da mucha importancia al “amor” y al perdón. Por ello, no se
entiende que un creyente no esté habituado a perdonar, aunque le complique
muchas veces la vida, pues lo que impulsa a la naturaleza humana es todo lo
contrario: venganza, odio, saldar cuentas, perdonar pero no olvidar, “arrieros somos y en el camino nos
encontraremos”, etc.
¿Y cómo puede uno saber que ya ha perdonado? Siguiendo ciertos
consejos del Nuevo Testamento, podemos descubrir algunas pautas:
A.- Cuando ya no se desea el mal al otro, según las palabras de
Jesús: “Amén a sus enemigos, haced el
bien a quienes odien, bendecid a quienes os maldigan” (Lc 6, 27-28).
B.- Cuando se ha renunciado la venganza, tal como lo enseña Pablo
de Tarso: “No devolváis a nadie el mal
por el mal; no os venguéis de nadie” (Rom 12, 17.19).
C.- Cuando uno es capaz de ayudar a su ofensor si lo ve pasar
necesidad, como también dice Pablo de Tarso: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber;
haciendo esto amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza” (Rom 12,
10).
En resumen, perdonar es como soltar de la mano, una brasa que nos quema,
que tomamos en algún momento de la vida y que nos perjudica. En cambio, la
falta de perdón es capaz de enfermarnos, intoxicarnos y volvernos malas
personas. Por eso es muy acertado el consejo de san Agustín: “Si un hombre malo te ofende, perdónalo, para
que no haya dos hombres malos”.
Con la ayuda, diálogo y confianza en Dios podemos conseguir que pedir
disculpas y perdonar forme parte de nuestro proyecto de vida y de nuestra forma
de ser coherentes como creyentes. El enemigo es un buen pretexto para
acercarnos al “amor” misericordioso
de Dios y descubrir el valor de su Plan reconciliador.
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