ATEÍSMO Y AGNOSTICISMO 

FRENTE A LO “ESPIRITUAL

Por: Álvaro López Asensio

Página web: www.alopezasen.com


1.- UN RECHAZO A LA “DIMENSIÓN ESPIRITUAL

Dios es conocido por la fe y por el “amor”. Aquí radica la diferencia entre el creyente y el increyente (ateo). Ambos padecen momentos de crisis, oscuridad y noche. En ese conflicto y batalla vital, el primero se abraza a su “yo” y a su conciencia moral, abandonando la realidad de Dios que le parece cada vez más lejana y menos segura. Para el segundo, aunque las ideas y convicciones pueden derrumbarse, la fe se mantiene inquebrantable. No se trata de dogmatismo a ultranza, sino de un don de Dios que el creyente puede recibir o rechazar.

Por consiguiente, el problema es mucho más de fe que de razón. Sin una fe sólida es muy difícil convencer a nadie, incluso al ateo, de que su posición puede estar equivocada o carece de sentido. Pero claro, no se puede por vía de la razón entrar en posiciones que se basan en emotividades como actitud existencial.

Notemos que la explicación del ateo en este caso no es una razón propiamente dicha, sino una pasión, es decir, la repulsa de la injusticia del mal, de la muerte, de la enfermedad y de todo lo que se abate sobre el mundo vista desde una base emocional y sentiente. Y claro está, una base emotiva es muy difícil de combatir con razones; hay que combatirla con motivos que vengan del lado de la afectividad. Además del ejemplo y testimonio que pueda darle un creyente, también desde la base emotiva del orden del mundo y desde el comportamiento bondadoso del Ser Humano, se puede interpelar y convencer al “no creyente” y a cualquiera que dude de la existencia de Dios.

Es deber de todo creyente transmitir y educar en la fe teniendo en cuenta las palabras de san Ignacio de Antioquía: “Educar no sólo es lo que decís, sino también lo que hacéis y, sobre todo, lo que sois”. Decir, hacer y “Ser” son las premisas que todo creyente debe asumir para transmitir los valores religiosos y su propia experiencia de Dios. Los creyentes tienen una enorme responsabilidad: su testimonio y ejemplo de vida deben convencer a los “no creyentes” de que Dios existe y que es “amor”, el mismo que deben notar y que no proviene de meritos propios, sino que viene de Dios.


2.- DIFERENCIAS ENTRE EL CREYENTE Y EL ATEO

Partimos de la premisa de que Dios es el bien. Las personas mantenemos una batalla terrenal entre la esfera celestial (Dios como bien) y la esfera infernal (el diablo como mal), es decir, la lucha interior entre el bien y el mal que domina nuestra conciencia y acciones. Sabemos lo que está bien y sin embargo hacemos lo que está mal. La naturaleza del Ser Humano se inclina a la maldad desde la más antigua humanidad.

Los sentimientos no impresionan a mucha gente. En el campo de la moral, las personas tienen una inclinación natural a reconocer lo bueno de lo malo. Por eso se suele decir muchas veces que los “no creyentes” son, en el fondo, creyentes a pesar suyo, o por lo menos actúan muchas veces como tales.

En efecto, tanto elcreyente” como el “no creyente” se esfuerzan por hacer el bien desde la bondad, sin embargo, hay diferencias notables a la hora de materializar el humanismo. El “creyente” da para no recibir nada a cambio, es decir, el proyecto de vida cristiana es una donación de sí por “amor” y sin condiciones previas, gratis, de balde. El “no creyente” da para recibir algo a cambio, por puro interés y por cierta contraprestación.

Cuando el “no creyente” deja de recibir algo a cambio, rompe su humanismo para convertirse en “ególatra” y “egoteísta”, es decir, un “endiosamiento” egoísta que sólo vive para sí mismo, para su razón y para sus propios códigos éticos. El increyente tiene humanidad y filantropía cuando le interesa, se retira de la bondad y humanidad cuando no resulta rentable su auto-donación.

Bajo la perspectiva “no creyente” la filosofía y la ética intentan demostrar que el humanismo es la clave de la “espiritualidad”. Su ética humanista tiene un enfoque puramente racional, que se desarrolla bajo tres talantes diferentes:

1.- La reflexión de la realidad para controlar las emociones y situaciones.

2.- La empatía para ponerse en el lugar del otro, como forma de sustituir y secularizar el concepto de “amor” religioso y espiritual.

3.- El respeto hacia el diferente, siempre y cuando no ataque la ideología y el pensamiento personal. Ser sensible es estar abierto al otro por medio del respeto, la tolerancia, el consenso y la convivencia.

Este humanismo impulsa dos objetivos: la “autosatisfacción” y la “autosuficiencia”, es decir, desear hacer el bien con altruismo pero cuando interesa, por puro egoísmo. Esto hace que las actuaciones de “amor” sean puntuales y no duraderas, ya que quiere hacerlas cuando le conviene.

Visto todo esto desde una perspectiva creyente, un ateo que tenga una experiencia espiritual de Dios puede transformar su humanismo en verdadero “amor” donante, bajo cuatro premisas integrales:

1.- La vida espiritual con Dios aplica “amor” y perdón a la inteligencia y a la razón del “no creyente” y agnóstico.

2.- Este “amor” y perdón no sólo cambia y transforma la razón-inteligencia, sino también el “corazón” personal para una praxis humana y duradera. La “inteligencia espiritual” del Ser Humano no habla únicamente de conducta, sino de giro existencial, cambio vital, conversión a un estilo nuevo de vida.

3.- La vida “espiritual” con Dios hace que la persona asuma que lo nuclear y principal es “amar” y perdonar como proyecto de vida y sin recibir nada a cambio.

4.- La “inteligencia espiritual” no consiste en actuar de diferente manera, sino “Ser” de diferente manera, pues si se es de diferente manera, también se actúa de diferente manera.

En definitiva, el “no creyente” ve el mundo con los ojos de la razón y desde la libertad de su conciencia. El creyente –a través de la “inteligencia espiritual”- ve el mundo y las personas con los ojos de Dios, es decir, con “amor”.


3.- CREER EN DIOS DESDE UN PUNTO DE VISTA HUMANO

Las personas de hoy en día pueden llegar a una pérdida de la conciencia de pecado por su frialdad y lejanía hacia Dios. El pecado es el “no amor”, todo aquello que hacemos de pensamiento, palabra y obra contrario al “amor” y a la bondad del “corazón”.

En la actualidad, la inmoralidad de todos los grupos humanos se exhibe a pleno día sin rebozo alguno, y con una tranquilidad que nos hace pensar en una posible mala fe en las personas que se entregan a ella. La consecuencia de esta inmoralidad es la pérdida del sentido de pecado (el “no amor”) y, con él, la innecesaria práctica de perdonar porque no se cree uno culpable. El motor de la historia es el perdón. Sin perdón el Ser Humano se cree Dios, perfecto, la medida de todas las cosas.

El “no amor” humano desarrolla una sociedad injusta e insolidaria que nos aleja de Dios y de nuestros semejantes. También las relaciones interpersonales se resquebrajan por el egoísmo y el orgullo que impide dialogar, es decir, instalarse en el “yo” para olvidar el “tu” y el “nosotros”. Esto está ocurriendo por una pérdida de la existencia de Dios y por encerrarnos en nuestra superioridad.

En el Paraíso terrenal bíblico, en los albores de la humanidad, pretendimos “Ser” como Dios. Más tarde quisimos negar la existencia de Dios y estuvo de moda el ateísmo. Hoy las personas no tratamos, como antiguamente, de “Ser” como Dios, sino superiores a Dios. Tratamos de situar a Dios al margen de nuestras preocupaciones. Tratamos de vivir y conducirnos como si no existiera el lazo de participación que nos une a Él. La composición de los pecados (el no amor) no puede presuponerse a partir del propio conocimiento humano, sin un consciente cara a cara con Dios. El mayor pecado del siglo XXI es que las personas, aunque no niegan la existencia de Dios, lo ignoran de este mundo, es lo que podíamos llamar “la presencia ignorada de Dios”.

Hoy pretendemos enfrentarnos a Dios para desacralizar la realidad, hacer inútil la religión. La ciencia, el arte, la moral y la política intentan ser profanas. El pensamiento moderno es funcionalmente irrespetuoso. No admite más conocimiento que el que proviene del comportamiento, de los complejos, de los fenómenos y de las medidas empíricas e hipótesis científicas. Todo lo que sobrepasa de lo comprobable y lo medible nos parece sospechoso y reaccionario. Por eso, la sociedad actual no entiende a un Dios que “ama” y se ofrece a ayudarnos, sino que queremos ver a un Dios que manda, domina, coacciona, acompleja y condiciona la libertad humana; en definitiva, a un Dios débil que no es necesario para la vida.

Pero tanto en la sociedad, como en la comunidad creyente y más concretamente en la cristiana, pervive todavía una fatal tergiversación moral del pecado (el “no amor”). La vida exteriormente intachable del ciudadano que se justifica a sí mismo y que no tiene de qué acusarse, camufla la impiedad que se expresa en el enjuiciamiento soberbio de los demás.

La corrupción generalizada, las prácticas penales y los deslices sexuales, entre otros muchos, son los que se anatematizan sin más como pecados, mientras que la propia falta de “amor” sobrepasa todos los límites.

Otra tergiversación, en esta misma línea, consiste en aquella concepción religiosa que deja de lado la necesaria conversión y la sustituye por una piadosa elevación del “corazón” a Dios (una simple religiosidad popular). Este tipo de auto-complacencia y de auto-salvación no sólo se encuentra en las religiones orientales, sino también, entre los creyentes occidentales.

La “presencia ignorada de Dios amor” es la antesala para aceptar un proyecto de vida basado en el “amor” y, sin “amor”, tampoco hay vida espiritual. No basta la empatía, no basta el humanismo, sino una transformación que debe ser integral, como integral es el “amor” de Dios. Si en el “corazón” y la vida de las personas falta “amor”, los pecados –como ausencia de “amor”- seguirán siendo, por mucho tiempo, una realidad social y personal.

En un mundo que parece paganizarse, el creyente no puede perderse en lamentos estériles, sino poner manos a la obra y seguir la tarea de buscar a Dios. Las personas buscamos a Dios sin ser conscientes de ello, por eso, necesitamos identificar a Dios que se esconde en las puertas de nuestras vidas, casas y trabajos. No hay “inteligencia espiritual” sin Dios.

Seguro que la religión es imperfecta porque las personas somos imperfectas. Gracias a que tenemos a Dios, que es perfecto, tenemos un referente para que seamos perfectos en un mundo imperfecto. Dios es el espejo donde mirarnos, el modelo a seguir para transformar a las personas y a la sociedad.

 

 

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