EL PROBLEMA DE LA EXISTENCIA DE DIOS
Por: Álvaro López Asensio
Página web: www.alopezasen.com
1.- LA CRISIS DE VALORES RELIGIOSOS
En su primera misa ante los cardenales (9 de mayo de 2025), el papa León XIV pronunció una homilía en la que hizo un análisis acertado de cómo se vive la “espiritualidad” en nuestra sociedad, así como las consecuencias que tiene vivir sin ella; palabras que conviene recordar.
El papa recalcaba que “la falta de fe (en Dios) lleva a menudo consigo dramas como la pérdida del sentido de la vida, el olvido de la misericordia (perdón), la violación de la dignidad de la persona en sus formas más dramáticas, la crisis de la familia y tantas heridas más que acarrean no poco sufrimiento a nuestra sociedad”.
También añadía que, hoy en día, “la fe cristiana (en Dios) se considera un absurdo, algo para personas débiles y poco inteligentes”, contextos en los que se prefieren otras seguridades distintas a la que la fe propone, “cómo la tecnología (redes sociales, inteligencia artificial), el dinero, el éxito, el poder o el placer”.
A León XIV le sorprendía que algunos creyentes vean a Jesús
de Nazareth sólo como hombre, como si fuese una especie de “superhombre” o un líder carismático.
Pero a pesar de que, para algunos creyentes y “no creyentes” sea sólo un hombre y no “hijo de Dios”, aún así, sigue molestando su mensaje cuando exige “amor”, perdón y honestidad personal.
2.- ¿QUÉ SE ENTIENDE POR DIOS?
2.1.- LA RELACIÓN EXISTENCIAL CON DIOS
Cuando hoy en día dos personas quieren ponerse de acuerdo sobre lo que cada una entiende por Dios, lo primero que hacen es poner en claro en quién piensan: si es en el Padre de Jesucristo (en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob) o en algún Ente o “Ser” supremo.
Ello
demuestra que ya no existe un contenido del concepto de esta persona que sea
válido y claro para todos, tal y como estuvo en uso durante siglos cuando se
explicaba la idea filosófico-metafísica de Dios (el supremo bien, la esencia y
el “Ser” supremo, la causa primera de
todas las cosas, etc.).
Con demasiada frecuencia se ha sometido a Dios a la dependencia y prisión de la filosofía. Pero hoy en día, tiene que vérselas con personas con una conciencia más “secularizada”. La conciencia moderna interpreta el mundo como una realidad que no necesita ni de un Dios supramundano, ni de un Dios que intervenga en su curso y sea solidario con él: lo interpreta, pues, como “un mundo sin Dios”.
Pero el término Dios no sólo es superfluo para la persona actual, sino también para las ciencias y su predominio del mundo. Dios no puede ni siquiera ser pensado o descrito con sentido. Para la razón (válida para la ciencia), el conocimiento seguro se limita al terreno de los fenómenos que se pueden verificar y comparar: “etsi Deus non daretur” (aunque no hubiese Dios).
Entonces la formulación teórica: ¿existe Dios? no tiene sentido en cuanto pregunta; pues trata a Dios como un objeto más, como un fenómeno más. Así no hay Dios. Por eso quien con seriedad se interesa por Él, abandona el terreno de lo conocible empíricamente, de lo que en general se puede presuponer y dominar, y se posiciona en la duda insegura de la existencia humana.
El
término mismo de Dios no es, ni claro, ni está reservado exclusivamente a la
predicación religiosa del creyente; su contenido sólo se puede lograr única y
exclusivamente por la relación existencial con Él. El hablar desde una
perspectiva creyente sobre Dios hunde sus raíces en el sentirse afectado personalmente.
En el culto religioso esto se expresa
cuando la persona se abandona y se entrega a esta presencia de Dios. Sin esta
relación real y personal no hay fe alguna en cuánto confianza en Él.
2.2.- EL CONOCIMIENTO DE DIOS
Podemos afirmar paradójicamente que, por un lado, el conocimiento de Dios sólo es posible a través de la comunión con Dios, es decir, bajo el supuesto de la fe; y por otro la fe sólo queda a salvo sobre la base del conocimiento. ¿Cómo ordenar recíprocamente la fe y el conocimiento que, evidentemente, están ligados entre sí?.
El conocimiento de Dios ha de adquirirse, no a través de un distanciamiento, sino únicamente mediante una relación de amistad y un estar implicado con Él. En efecto, Dios no es aquí un objeto de la investigación humana con el que la persona pueda enfrentarse de un modo soberano y que deba luego abrirse de par en par a su intelecto observador y reflexivo.
El que pretende convertir a Dios en objeto de demostración aspira a disponer de Él. Entonces no se relacionaría con un Dios personal, sino con un concepto, con una construcción hecha a nuestra medida e intereses, con una idea de Dios basada en analogías humanas; y, en todo caso, su actitud no tendría nada que ver con la fe, sino más bien, con la religión racional y práctica de la diosa razón que ya preconizaba la ilustración en el siglo XVIII.
Por incómodo que pueda resultar, el conocimiento de Dios se caracteriza por el hecho de que Dios actúa frente a nosotros y, por consiguiente, sólo es conocido en la medida que la persona se siente concernida, interpelada y amada por Él. Pero para dejar que Dios actúe en las personas es necesario dejarse impresionar por Él, despojarse de las ataduras del mal y abrir las puertas del “corazón” para que nuestro interior se transforme al “amor”, la principal cualidad de Dios.
Este conocimiento nunca se refiere únicamente al intelecto. Si la teología y la predicación se limita a entenderlo como un proceso puramente intelectual, se pasa totalmente por alto la perspectiva de diálogo y comunicación con Dios. En la medida en que la persona, activa o pasivamente, establece una relación personal y la consuma, su conocimiento crece a través de la experiencia y en su forma práctica de estar implicada. Esta relación se consolida en la oración y en dejarse enamorar por Él.
Pero lo que realmente obstaculiza a la persona en el conocimiento de Dios no es tanto una orientación intelectual falsa, cuanto un perjuicio ideológico, cuasi-religioso, que se halla más profundamente enraizado a nivel psíquico que intelectual. Los pensamientos perversos están arraigados en el “corazón”, no en la razón. En efecto, nuestro mal no radica fundamentalmente en aquello que conocemos y sobre lo que reflexionamos, sino en nuestra relación con Dios. No hacerlo o impedirlo no sería su culpa, sino más bien un fallo de nuestra orientación existencial.
Pero cuando la fe surge en el “corazón” por la palabra y está orientada hacia el mensaje de Dios, necesita del intelecto tanto para su nacimiento, como para su crecimiento y desarrollo. Es aquí donde se abre un amplio campo de reflexión, el que ni Dios exige en absoluto que renunciemos a pensar, ni prohíbe las preguntas que surgen del esfuerzo por una honradez intelectual. Dios quiere que pongamos en marcha nuestra razón para entender la fe.
Pero hay aquí, evidentemente, límites más allá de los cuales
no se promete ninguna respuesta, ni siquiera por parte de Dios. Estos límites
no se traspasan cuando superan las formulaciones de los dogmas eclesiásticos que
provienen de un conocimiento sujeto a la
época, sino únicamente cuando se abandona el puesto que, en cuanto personas,
nos ha sido asignado ante Dios.
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