“ABSURDO ANTROPOLÓGICO”

 NUEVO LIBRO DE ALVARO LÓPEZ ASENSIO

 Por: Álvaro López Asensio

Página web: www.alopezasen.com

 


 El profesor, historiador y teólogo, Álvaro López Asensio, acaba de publicar su nuevo libro: “ABSURDO ANTROPOLÓGICO”, un ensayo que describe los defectos de carácter de la condición humana que generan sufrimiento y desórdenes afectivos-emocionales, que limitan el crecimiento personal y dañan las relaciones con los demás.

Lo que el “absurdo antropológico” propone es conocer y analizar las conductas de carácter que buscan dañar a otros de forma intencional y sin remordimiento alguno, destacando la falta de “amor”, la manipulación y el abuso de poder en muchas actuaciones de nuestra forma de “Ser” y pensar.

La falta de valores religiosos fundamentados en el “amor” al prójimo hace que cada vez seamos menos humanos y más egoístas, orgullosos, mentirosos, violentos, vengativos, insensibles, racionales, envidiosos, mal pensados, llenos de prejuicios, despreciables, irrespetuosos, ambiciosos, competitivos, extorsionistas, malignos, malas personas, irascibles, provocadores de sufrimiento, tóxicos, etc. Para superar estos defectos de carácter derivados del “absurdo antropológico” es necesario transformar el “corazón” de las personas para orientar la vida hacia otra dirección: al “amor” y el perdón.


Este ensayo pretende analizar los defectos de carácter de las personas desde un punto de vista psicológico y desde la antropología bíblica, así como las consecuencias que tiene para la salud física, emocional y mental.

El “absurdo antropológico” no es este absurdismo filosófico, sino los defectos de carácter en el comportamiento inapropiado del “Ser humano” que es contrario al “amor”, es decir, el “no amor” de la condición humana. Por consiguiente, los defectos de carácter son rasgos negativos de la personalidad que limitan el crecimiento personal y dañan las relaciones con los demás.

Los defectos de carácter más arraigados en nuestra sociedad son, entre otros, el orgullo, el egoísmo, la impaciencia, la maldad, la falta de humanidad, el mal carácter, las conductas negativas, excluyentes y poco respetuosas, los juicios y prejuicios, los desprecios, los egoísmos, las venganzas, los odios, el rencor, la agresividad, la violencia predeterminada, los abusos de poder, el pesimismo, la arrogancia, la envidia, la queja constante, culpar a los demás, querer tener siempre la razón, la falta de humildad y sensibilidad empática, etc., así como todo tipo de lucha competitiva a nivel social, laboral, educativo o deportivo.

La sociedad en que vivimos cada vez es más violenta. Las personas discutimos con más frecuencia en los ambientes laborales y familiares. La soberbia humana hace que queramos llevar siempre la razón y luchemos, aunque sepamos que la batalla y los argumentos estén perdidos. Esta vanidad, unida al egoísmo, hace que las relaciones interpersonales se deterioren y lleguen, incluso, a la ruptura por falta de perdón. Hoy pensamos que pedir perdón es de débiles.

El mundo es una cloaca, un vertedero donde la corrupción, la desconfianza mutua y la competitividad mutua y económica prima sobre los valores humanos y la honestidad en todos los órdenes de la vida, incluso en la política. A las empresas y grandes compañías no les interesa poner a la persona en el centro, sino que la meta es el dinero; no prima la ayuda y la humanidad, sino la rentabilidad: tanto eres, tanto vales.

En nuestra sociedad vivimos momentos de guerra donde muere mucha gente inocente. La violencia se sirve de víctimas simplemente para ganar territorio, por venganza, por hegemonía, por odio racial o por intereses económicos. La violencia de género, el patriarcado sobre la mujer, la venganza en forma de bullying y mobbing, los desprecios, las guerras, los atentados, las luchas fratricidas, los embargos de viviendas, los aranceles económicos, las amenazas, los bloqueos, los engaños, los robos, la corrupción, el maltrato físico o psicológico hacia personas y animales, el acoso constante para intimidar o aislar a alguien, mentir de forma consciente para destruir la reputación del otro, reírse de los demás, criticar sin motivo, envenenar al entorno por celos, envidia o venganza, etc… Todo vale con tal de ganar y tener supremacía y superioridad sobre los semejantes y las sociedades humanas: el fin justifica los medios.

En definitiva, lo que el “absurdo antropológico” propone es conocer y analizar las conductas de carácter que buscan dañar a otros de forma intencional y sin remordimiento alguno, destacando la falta de “amor”, la manipulación y el abuso de poder en muchas actuaciones de nuestra forma de “Ser” y pensar, es decir, presentes en el fondo de la singularidad personal. Sólo conociendo, la persona podrá cambiar de orientación para alcanzar la “sensatez antropológica”.

De todos los defectos de carácter del “Ser humano” que se analizan en este ensayo, veamos alguno de los comportamientos inadecuados del “absurdo antropológico”:


1.- EL ODIO QUE ESCLAVIZA

El odio hace que la persona sea esclava del odiado/a, es decir, vive, piensa, actúa por y para él. No tiene paz interior, sino que piensa a menudo en todo lo que estará haciendo para desearle daño, y alegrándose de todo lo malo que le pueda pasar o que quiere que le suceda. No es bueno sostener constantemente la sospecha continua de que el otro tiene malas intenciones ocultas. Por ello, el que odia intenta envenenar al entorno para destruir, aislar y generar sufrimiento a esa persona a la que se le tiene manía.

El que odia no se da cuenta que el odiado/a para nada es mala persona, por mucho que se empeñe en creerlo y difundirlo. Es incapaz de reconocer que el odiado/a tiene su público y sus amigos que le aprecian y valoran por su carácter y sus valores, lo que incrementa el sufrimiento, la amargura, la rabia, la desconfianza y la esclavitud del que odia, es decir, no vive “para sí”, sino para el que odia, convirtiéndose en su esclavo más fiel. Así es difícil contrastar su problema para dominarlo.


2.- EL TEMOR-MIEDO: LA CAUSA DE LA ANSIEDAD

En la actualidad los miedos nos condicionan para ser felices. Los hechos, emociones y vivencias cotidianas producen pensamientos inadecuados y no realistas, muchas veces fruto de nuestros juicios, prejuicios, fobias e imaginaciones no contrastadas con la realidad y vistas desde la subjetividad. Los distorsionados y retorcidos pensamientos producen emociones sufrientes que, a su vez, producen ansiedad y angustia. La ansiedad es la causante de los miedos generadores de sufrimiento.

Existen infinidad de miedos asociados a la ansiedad y al pánico, lo que lleva a defectos de carácter asociados al “absurdo antropológicos”: miedo a morir, a la enfermedad, al dolor físico, a la incertidumbre futura, a los cambios, a la soledad, a estar sin pareja, a tener hijos, al fracaso, al rechazo, a estar excluido del grupo de amigos, a ser despedido, a la soledad, al compromiso, a volar en avión, a conducir, a los espacios cerrados, a los médicos, a los hospitales y extracciones de sangre, a ciertos animales (serpientes, roedores, insectos, perros, etc.) , a las alturas, las tormentas, catástrofes, entre otros muchos miedos.

Gestionar los miedos desde un punto de vista psicológico ayuda a aceptar la emoción que los provoca, así como identificar y analizar los pensamientos de forma objetiva con el fin de dar pasos para enfrentarlos realistamente.

Gestionar los miedos desde un punto de vista espiritual-religioso es complementario con la gestión psicológica, no se excluyen en la solución del problema, sino que se complementan. La Biblia aborda el miedo como una emoción humana natural, pero enseña que el creyente no debe dejarse dominar por él y sus consecuencias. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento bíblicos, consideran que atormentarse por algo o alguien es un perjuicio consciente e intencionado para la salud de la propia persona.


3.- JUICIOS Y PREJUICIOS HACIA LOS DEMÁS

Sean cualesquiera las causas que provoquen los juicios y prejuicios en el “corazón” y los pensamientos, tenemos que ser conscientes que “ser mal pensados” y “juzgar inadecuadamente” impiden “mirar” a las personas desde el interior del “corazón” a modo bíblico, es decir, un "mirar con amor” que hace que no se perciba la realidad de fuera hacia dentro con su mirada, sino desde lo profundo del “corazón” hacia fuera. Esto es posible cuando la persona se vincula a Dios, que cambia la forma de “Ser” y capta la realidad con los “ojos del amor.

Mirar con amor” (mirar con los ojos del “corazón”) favorece que superemos los prejuicios al que sufre, al que no piensa como nosotros, al que cree de manera de diferente, al “no creyente”, al que ofende, al que roba, al que violenta, al vengativo, al que odia, al egoísta, al vulnerable, al que no piensa como nosotros, etc. Aunque nos apartamos porque no confiamos en estas personas, es humano aprender a “mirarlos” con respeto y “amor”.


4.- LOS ÍDOLOS QUE ESCLAVIZAN A LA PERSONA

El concepto “ídolátrico” es exactamente igual al de Marx y Hegel cuando hablan de la “alienación”, es decir, el someterse a las cosas, la pérdida del yo íntimo, de la libertad y el ponerse en relación consigo mismo a través de la sumisión.

Hoy nuestros ídolos tienen otros nombres: posesión, poder, consumo, honor, gloria, dinero, lujo, seguridad, deporte, vida resuelta, etc. La persona adora a estos dioses sin darse cuenta de la esclavitud que ofrecen y de la venda que nos ponen en los ojos. La vida se te viene abajo cuando los dioses que nos hemos fabricado sucumben al sufrimiento humano: una enfermedad incurable o crónica, un accidente que te deja con discapacidad, la muerte de seres queridos, la soledad no deseada, los desprecios de compañeros y amigos, el bullying, el mobbing en el trabajo, etc., estos y otros muchos golpes que te da la vida, te cambian el estado de confort en el que estamos instalados por adorar a los dioses equivocados. La vida es la mejor escuela, la que nos enseña a descubrir en qué creer y, sobre todo, en los valores en los que hay que confiar.


5.- LA HIPOCRESÍA COMO TEATRO DE LA VIDA

Es muy habitual que las personas recurran a la hipocresía para darse importancia y proyectar una imagen irreal de superioridad, de seguridad en sí misma, de confianza y dominio, de inteligencia, de formación, de capacidad, de saber estar y de sabiduría, etc. Lo que en realidad esconden son las verdaderas carencias personales y emocionales de su “corazón” o mundo interior.

Hipócritas son todos aquellos que piensan una cosa y hacen otra, que les gusta pensar como progresistas hasta que les afecta un problema medioambiental, de vivienda, de violencia de género, de agresión sexual, de corrupción, de discriminación laboral, de acoso laboral, etc. Cuando se viven estos y otros muchos problemas cotidianos en primera persona, el progresista se quita la careta y muestra el verdadero rostro de la hipocresía ideológica.

Hipócritas son los que viven por y para la ideología, ya sean de izquierdas, derechas, de centro, de extrema izquierda o extrema derecha. El gran mal de nuestro tiempo es la ideología. Hay mucha gente, incluso profesores de historia, que recalcan que las guerras de religión medievales o la propia Inquisición son los grandes males del pasado que condicionan el presente. Si esto fue en el pasado, en el presente el gran mal es la ideología, no la religión que, pese a los defectos, difunde el mensaje de “amor” y perdón que tanto necesita escuchar nuestra sociedad, además de su compromiso social con los más vulnerables.

SI LA IDEOLOGÍA TE ENSEÑA A ODIAR Y A VENGARTE, MARCHATE DE LA IDEOLOGÍA. La ideología es el gran mal que corrompe, manipula a peor a las personas y cambia las voluntades. En efecto, la ideología también alimenta la corrupción, el tráfico de influencias, promueve el clientelismo entre los militantes y simpatizantes, se traiciona a los compañeros para alcanzar cargos de poder, se cambian los discursos por intereses, se reparten subvenciones y ayudas por intereses de partido, se intenta pisotear y destruir a las corrientes internas críticas, se crean cloacas corruptas para someter a jueces, periodistas, policías e instituciones del Estado para evitar críticas y utilizarlos en beneficio propio como garantía de continuidad en el poder, etc.

Hace poco vi a una profesora compañera de trabajo entrando a la Basílica del Pilar de Zaragoza. Me sorprendió su visita a la Virgen porque ella había manifestado, incluso presumido, en la sala de profesores del centro educativo que era “atea”. Este es un ejemplo magnífico para tratar el defecto de carácter de hipocresía religiosa de muchas personas que alardean ante los compañeros de ser “progres” y luego, en la intimidad rezan, visitan iglesias y piden a Dios que les bendigan, protejan y ayuden en su problemas y necesidades.

La gente da la espalda a Dios y cuando tienen una enfermedad grave e incurable, una patología severa, un serio problema de movilidad, una operación delicada, un conflicto familiar o de pareja, un problema con los hijos o de los hijos, una oposición pendiente, una búsqueda de empleo, etc., se recurre a Dios suplicando ayuda. La presencia ignorada de Dios siempre está presente en el “corazón” de cada persona. La “dimensión espiritual del Ser humano” siempre sale a relucir cuando, egoístamente hablando, necesitamos a Dios.

Pero es muy triste que la condición humana utilice a Dios y lo someta a su voluntad sólo para pedir ayuda, para cuando le interese. Una vez resuelto el problema, otra vez se olvida y le niega. La vida resulta más fácil haciendo lo que uno quiere, sin compromisos, sin cambios, sin Dios; pero también resulta más difícil y extraño pedirle ayuda cuando nuestro egoísmo lo necesita.

Algo parecido sucede también con muchos creyentes. Su hipocresía les lleva a “cumplir con parroquia” para demostrarse a sí mismos que son buenos cristianos, pero después su comportamiento deja mucho de desear. Practican la religión del “cumplimiento”, es decir, del “cumplo” (misas, oración, rezo del rosario, procesiones, etc.) y del “miento” (desprecios, zancadillas, rencores, odios, venganzas, mentiras, llevar siempre la razón, juicios, prejuicios, ser mal pensados, soberbios, egoístas, etc.).

También aquellos que niegan la existencia de Dios en privado y en público y luego llevan cintas de la Virgen del Pilar en sus coches o le rezan en su Basílica para que resuelva sus problemas de salud o laborales. O más hipocresía todavía, aquellos anticlericales que no creen Dios, nunca pisan un templo y critican a la Iglesia con ardor, pero cuando mueren llevan ataúdes con crucifijos y quieren misas solemnes con mucho incienso y agua bendita para que su alma vaya al cielo. Han negado el cielo y el infierno, pero ante la duda, es mejor que recen por ellos para que se les perdonen los pecados y lograr el paraíso. Estas contradicciones definen muy bien qué es el “absurdo antropológico”.

Muchas de las depresiones, complejos, traumas, trastornos y desórdenes afectivos son un buen pretexto para encontrar en la “espiritualidad religiosa” la necesaria serenidad y paz interior que ayude a superar la angustia, la ansiedad y los miedos; así como entender la muerte física y personal, el sufrimiento y los problemas, confusiones, desorientaciones, preocupaciones y dificultades personales por muy duras que parezcan.

Las personas con “espiritualidad religiosa” tienen que ser coherentes y dar testimonio sin miedo “al qué dirán”. Hay situaciones que se presentan diariamente en las que se exige valentía, aunque eso implique que seamos excluidos de círculos personales, ridiculizados, señalados y relacionados con pensamientos arcaicos. Se dice, aunque sin fundamento, que el incrédulo es racionalmente progresista, el creyente un conservador al que no interesa su opinión. El creyente debe ser valiente y dar testimonio con su ejemplo de vida y de fe aunque sea a contracorriente.

Por último destacar que la fe hace libre a la persona porque le ayuda a aceptar o rechazar a Dios después de intentar conocerlo o entenderlo. No creer hace que las personas sean esclavas de sí mismas porque se cierran al conocimiento de Dios. La búsqueda de sentido vital y religioso favorece que la persona busque “a Dios” como origen del sentido último de la vida, y “en Dios” como estabilizador emocional, afectivo y sensorial: un buen remedio para pulir y cambiar los defectos de carácter del “absurdo antropológico” de la condición humana.


6.- EL PAPEL DEL “CORAZÓN” EN EL CONTROL DE LAS EMOCONES

El “corazón” ignora nuestros planes y, sorprendentemente, siempre está dispuesto a abrirse al “amor”.

La vida psíquica de pensamientos, impulsos, instintos, sentimientos y emociones que se dan en la persona, su proceder y deseos inconfesados, sus prisas, preocupaciones y quebrantos nerviosos, son más amenazadores que cualquier actividad externa, social y convivencial. Los sentimientos con frecuencia nos dominan; estamos desanimados, turbados y airados, y no sabemos dominarnos en muchas ocasiones. Sentimos antipatías y repugnancias, atractivos e inclinaciones que nos arrastran más allá del deber, y que debemos dominar.

Tanto la psicología moderna, como la filosofía y el ámbito “no creyente”, proponen que para dominar las emociones hay que reorientar los pensamientos mediante la razón. Si las emociones se originan en el cerebro, la razón y la conciencia humana serán los encargados de superarlos y reeducarlos. Los postulados de esta postura son muy sencillos: cambiemos los pensamientos negativos, tristes y deprimentes, para poner en su lugar los positivos y alegres. La razón invita a sacar todo lo que pueda aumentar nuestra alegría con pensamientos optimistas. Pero esta razón también quiere que evitemos lo que nos pueda traer tristeza, desilusión, envidia, desaliento, odio, rencor, venganza, etc.

Esta metodología no tiene en cuenta que para reorientar, controlar y encauzar las emociones no es tarea exclusiva del pensamiento y de la razón, sino también de la “dimensión espiritual del Ser humano”. No quiere reconocer la importancia de esta dimensión en la sanación de las emociones negativas y obsesionantes porque se cree que la razón tiene supremacía sobre el mundo interior del “corazón”.

La realidad nos dice todo lo contario. Para gobernar los defectos de carácter que provienen de los sentimientos y emociones mal enfocados, es necesario cambiar también nuestro “corazón”, nuestra forma de “Ser”, nuestra misma persona para poder así dominar los actos y las ideas, pues la idea precede e inclina al acto; y los actos y las ideas modifican los sentimientos. Por tanto, no sólo la razón y los pensamientos son necesarios para el cambio emocional, sino también los misterios del “corazón” que reside en la “dimensión espiritual del Ser humano”. Ambos no deben excluirse, sino complementarse. Los teólogos creemos en la suma de los dos, pero a los filósofos y “no creyentes” les cuesta aceptar el papel de la “espiritualidad” en todo esto.




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