LA CONCIENCIA HUMANA
Por: Álvaro López Asensio
Página web: www.alopezasen.com
1.- LA CONCIENCIA Y SUS CONTRADICCIONES
La facultad de distinguir entre el bien y el mal pertenece a la esencia de la persona. Su relación con la comunidad, ya desde antiguo, hizo indispensable la existencia de unas normas que debían ser observadas con vistas a una regulación de la vida. El que, como Caín sobre Abel (Gn 4, 3-15) las infringía, se enfrentaba de inmediato a la comunidad. Al hacerlo, se decidía por algo que era socialmente malo.
La decisión de la persona de tomar una decisión en favor o en contra de la observancia de estas normas dadas de antemano, la llamamos conciencia. Aparece como la ayuda orientadora decisiva que poseemos para la totalidad de nuestro obrar. En cuanto tal, no sólo surge tras algunas acciones en el sentido de un “juez interior” que echa en cara al acusado su culpa, sino que puede hacerse notar ya antes de una acción, disuadiendo o alentando. Si la persona escucha la voz de la conciencia y omite la acción que se proponía y que contravenía las normas vigentes, la conciencia queda de nuevo tranquila, es lo que denominamos “buena conciencia”.
Pero a veces la persona no escucha a la conciencia que le aconseja la observancia de las normas, sino que intenta acallarla y dejarla fuera de juego. Pero el hecho de no poder acallarla demuestra que puede surgir el remordimiento de conciencia que sigue a una mala acción. La conciencia se convierte en acusador implacable y por esto, en infinidad de ocasiones, se le achaca la perversidad y la maldad que justamente ella pone al descubierto. La conciencia acusadora y condenadora acosa continuamente al autor de una mala acción, y le reprende su error, le acompaña como una sombra de la que no puede librarse.
Pero el desasosiego causado por una conciencia cargada de malas acciones conduce a veces a las personas, no sólo a acallar su conciencia, sino a intentar destruirla. Por otra parte, el que a través de tales esfuerzos pueda llegarse realmente a una mala fe total, es menos importante que el hecho de que las personas intenten dominar sus conflictos de conciencia renegando de ella y de sus exigencias.
La historia de la humanidad demuestra que existieron y existen personas sin escrúpulos que reprimen las exigencias de la conciencia. El egoísta aparecerá como un hombre que no hace el menor uso de su conciencia, que sigue sus deseos e inclinaciones sin ninguna consideración para con los demás.
Por consiguiente, lo decisivo aquí es quien determina la conciencia y cómo se calibra esta norma crítica. Esta pregunta no puede responderla fácilmente la persona egoísta y orgullosa. Dicho de otra manera, son su propia utilidad y ventaja los únicos que valen para él como principio normativo.
La
responsabilidad ante la comunidad o incluso ante un poder trascendente, no
desempeñan ningún papel digno de mención. La persona es para sí misma la medida
de todas las cosas y, por tanto, también de su conciencia. Sin embargo, pesa
mucho más en la balanza la manipulación de la conciencia por la sociedad que
atenaza al individuo, manipulación que va en aumento en nuestra época con el
mal uso y abuso de las redes sociales, la publicidad, el marketing, las fake news, etc.; actividades cuya proyección, influencia y manipulación
convendría desarrollar en otro ensayo, no aquí.
2.- LA CONCIENCIA PUEDE RECONOCER LO TRASCENDENTE
El psiquiatra Víktor Frank afirma que “Sólo podré ser siervo de mi conciencia si, al entenderme a mí mismo, entiendo esta última como un fenómeno que trasciende mi mero ser hombre, y por tanto, me comprendo a mí mismo, comprendo mi existencia, a partir de la trascendencia[1]”, a partir de Dios.
En efecto, la conciencia como hecho psicológico inmanente nos remite, por sí misma, a la trascendencia; es decir, que sólo puede entenderse a partir de la trascendencia. Así pues, la conciencia es voz de la trascendencia y, por tanto, ella misma es trascendente. La persona irreligiosa no es sino aquella que ignora esta trascendencia de la conciencia[2]:
Para comprender la transferencia de Dios, Frank comenta la historia bíblica de Samuel. En (1Sam 3, 2-9) se describe cómo este joven dormía una noche en el Templo de Jerusalén al lado del Sumo Sacerdote Elí. De repente, Dios lo despierta una vez que lo llama por su nombre. Entonces se levanta y se dirige a Elí para preguntarle qué es lo que quiere de él; pero el Sumo Sacerdote, que no era quien le había llamado, le manda que se vuelva a acostar. Lo mismo se repite por segunda vez, y sólo a la tercera el Sumo Sacerdote aconseja al muchacho que, si oye que de nuevo que lo llaman por su nombre, se levante y diga: “¿Habla, Señor, que tu siervo escucha?”.
Samuel, siendo todavía un adolescente, ignora como la llamada le viene de la trascendencia. ¿Cómo podrá entonces una persona ordinaria reconocer el carácter trascendente de esa voz con que le habla su conciencia? ¿Cómo habrá de extrañarnos que, en general, la persona vea en esa voz que resuena en él sino algo fundamentado en su propio “Ser”?
A propósito de este pasaje, Viktor Frank afirma que la persona religiosa ha de saber que la libertad ha sido querida y creada por Dios. Hasta tal punto la persona es libre, que puede decidirse aun en contra de su propio Dios, puede incluso negar a Dios[3].
La fe nos hace libres porque nos ayuda a conocer o rechazar a Dios, a elegir su proyecto de vida o alejarse de él para vivir en la autosuficiencia de la propia conciencia. Esta autosuficiencia corre el riesgo de caminar en la vida por senderos equivocados, sin rumbo fijo, perdidos en el uso de una supuesta libertad que ni es adecuada, ni buena para la persona.
Samuel es un ejemplo de fe porque no rechaza la trascendencia, sino que sabe reconocerla. A decir verdad, la persona a veces se contenta con negar solamente el nombre de Dios y, con arrogancia, habla entonces de “lo divino” o de “la divinidad”. Así como se requiere un poco de valentía para confesar abiertamente algo, una vez que se ha conocido, también se requiere un poco de humildad para llamar a eso mismo con la palabra que las personas vienen utilizando desde hace cientos de años: Dios.
3.- LA CREENCIA RELIGIOSA QUE RESIDE EN LA CONCIENCIA
Lo que distingue al creyente del humanista “no creyente” es su relación con Dios. Él no está sólo en el mundo, sino que, en todas las situaciones se sabe referido a Dios. Dios es el que afina y pone a punto la conciencia creyente y, ante él, debe rendir cuentas si se entiende a sí mismo como responsable cuya vida no quiere ser otra cosa que una respuesta a la pregunta y al llamamiento de Dios. Así pues, ni el egoísmo, ni la moral, ni el ideal humanista comprometen la conciencia de un creyente, sino únicamente el proyecto de vida que invita a seguir a Dios.
En la medida en que la conciencia del creyente se deja determinar por Dios, quedan relativizadas para él las exigencias de los pensadores, influencer y poderes de este mundo. La vinculación a la voluntad de Dios que sale al encuentro no sólo da libertad a la persona para seguirle, sino que también educa la conciencia en el “amor”.
En efecto, la verdadera libertad es la que se asienta en el “amor”, todo lo demás lleva al egoísmo; actitud moral que lo único que aporta es esclavitud personal, ya que no creer nos hace esclavos porque nos cierra al conocimiento de Dios. Todo Ser Humano posee la libertad para cambiar a cada instante al “amor” desde la propia libertad. Por consiguiente, la persona tiene que ser valiente y capaz de comunicar su fe como “bona conscientia” de un modo convincente.
(1) VIKTOR F.; “La presencia ignorada de Dios”, Herder, Barcelona, 2012, p. 56.
(2) IBIDEM, p. 57.
(3) IBIDEM, p. 59.
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